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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 403

Los padres de Leonardo ya se habían acostumbrado a que Adrián los visitara. En cuanto llegó, lo recibieron en la entrada; de la cocina salía un delicioso aroma a comida, estaban a punto de cenar.

Adrián había pasado por el supermercado al final de la calle y traía varias bolsas con frutas y verduras. Los señores, al ver todo aquello, no paraban de repetir:

—Muchacho, eres demasiado amable. De ahora en adelante, considérate en tu propia casa.

A Adrián casi se le salieron las lágrimas al escuchar eso. A partir de ese día, ya no tenía un hogar ni adónde ir. Se había desprendido de todo, sin guardarse ninguna salida, sin pensar en dónde viviría después.

Lo invitarona quedarse a cenar. No se hizo de rogar:

no solo cenó con ellos, sino que además lavó los platos. Después se quedó haciéndoles compañía, conversando, y sin darse cuenta se hizo muy tarde.

Tenía la mirada perdida, como si no supiera qué hacer.

Los padres de Leonardo notaron que algo no estaba bien y le preguntaron qué le pasaba. Se le enrojecieron los ojos y les dijo la verdad: no tenía adónde ir.

Ellos suspiraron con pesar, no le preguntaron por qué

y lo invitaron a quedarse a dormir.

Adrián sabía que era un atrevimiento, sabía también que no podía quedarse en casa de los Montiel de forma permanente, pero esa noche, solo esa noche, no quería estar solo.

Se sentía patético. Se suponía que iba a cuidarlos, a visitarlos, y en cambio ahora era él quien se aferraba a su compañía.

Le tendieron la cama en el cuarto de huéspedes; al lado estaba el estudio. Le dijeron:

—Si quieres leer algo, en el estudio hay libros. Muchos son de Leo, de cuando era joven.

—Gracias —respondió. Llevaba todo el día con una fuerte opresión en el pecho.

Le pidieron que descansara temprano. Se sentó en el estudio, sin el menor rastro de sueño.

El estudio de los Montiel era pequeño: dos estantes;

uno con libros de los padres, el otro repleto de libros de Leonardo. Ese tipo tenía intereses de lo más variados: astronomía, geología, historia, filosofía, había de todo, e incluso los libros de cocina ocupaban una fila entera. Sus cuadernos de la primaria seguían ahí, perfectamente ordenados en el estante.

La mirada de Adrián se detuvo en los libros de la preparatoria. Esa era la época que compartieron él y Leonardo, junto con algunos amigos de la adolescencia. Fue pasando la mirada de un libro a otro hasta que descubrió uno de manualidades.

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