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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 399

El señor Montiel por fin encontró en la cara de Adrián la sombra de aquel adolescente. Abrió la puerta y, por un momento, ninguno de los dos supo qué decir;

ninguno era capaz de pronunciar el nombre de Leonardo.

—Pa... pasaa sentarte un rato. —Se hizo a un lado y lo invitó a entrar.

De camino a la sala, Adrián se enteró de que los padres de Leonardo habían vuelto del extranjero apenas el día anterior y pensaban quedarse en el país para pasar ahí sus últimos años.

Al entrar, vio a la madre de Leonardo acomodando algunas cosas. Ella también se quedó paralizada un buen rato antes de reconocerlo; después lo invitó a sentarse, charlaron de cosas cotidianas, la tensión se fue disipando hasta que todos se sintieron cómodos.

Ella suspiró con los ojos llorosos.

—Ya pasaron varios años y sigue sintiéndose como si hubiera sido ayer. Cada vez que me acuerdo, este dolor...

Adrián también tenía un nudo en la garganta; ni siquiera sabía qué palabras usar para consolarla.

Fue ella quien se secó las lágrimas y forzó una sonrisa.

—Gracias por seguir acordándote de Leo, y por venir a vernos.

Adrián sintió vergüenza. Ni siquiera había llevado algo, llegó con las manos vacías; en realidad, nunca imaginó que habría alguien en la casa.

—De ahora en adelante vendré seguido, si no les resulta una molestia —dijo. La última vez que vio a Leonardo, se pelearon. En aquella época eran jóvenes e impulsivos; se dijeron cosas terribles, juraron que no volverían a hablarse. Nunca imaginó que aquella sería una despedida definitiva.

—¿Cómo va a ser molestia? —respondió ella—. Solo que ustedes, los jóvenes, están siempre ocupados con el trabajo. No quiero quitarte el tiempo.

Adrián sonrió con desánimo. ¿Qué tiempo iba a quitarle? A estas alturas, él también era alguien sin hogar.

Se quedó ahí sentado mucho rato. Después, ella sacó

las pertenencias de su hijo para mostrárselas.

Estaban guardadas en una caja de madera; no eran muchas cosas.

—Esto es lo que llevaba encima. La ropa se quemó

toda; solo quedó esto —dijo con lágrimas en los ojos.

Un cuaderno con muchas anotaciones de viaje, una pluma, un reloj, una navaja multiusos, un encendedor, unos lentes de sol, sus documentos y algunas herramientas de supervivencia al aire libre.

Desde el primer momento, a Adrián le llamó la atención una piedra pequeña que había en el fondo de la caja.

—Señora, ¿puedo ver eso? —Su voz temblaba un poco.

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