Las letras del cuaderno se corrieron hasta convertirse en una mancha de tinta. Adrián lo cerró de prisa y se lo devolvió a la madre de Leonardo, temiendo arruinar más la escritura.
—Perdón.
Ella guardó el cuaderno en la caja de madera y sonrió
con pesar.
—No te preocupes. En estos años casi lo deshojé de tanto leerlo; ni yo sé cuántas lágrimas dejé caer sobre sus páginas.
Adrián todavía sostenía la piedra. La examinó con detenimiento: recordaba que originalmente era áspera y tosca, pero ahora estaba lisa y pulida.
Después de tanto tiempo, era imposible saber cuántas veces unos dedos la habían acariciado.
—¿Reconoces esta piedrita? —le preguntó ella.
Adrián asintió.
—Sí... La talló un compañero de la preparatoria.
Fuimos de excursión en otoño, la recogimos a la orilla del río, y uno de los chicos le grabó un diseño, le hizo un agujero y la convirtió en collar... Después perdí el rastro de quién se la quedó. Resulta que la tenía Leo.
La madre de Leonardo asintió.
—La cuidaba mucho. —Hizo una pausa y añadió—: Es algo que los une como compañeros, así que es justo que te la lleves.
Adrián se sorprendió.
—¿En serio? ¿Me la puedo llevar?
—Claro que sí. —Volvió a asentir—. Queremos que en este mundo, aparte de dos viejos como nosotros, alguien más lo recuerde.
—Está bien... —A Adrián le tembló la mano alrededor de la piedra.
—Señora. —Una voz femenina sonó desde la puerta.
Una voz que Adrián conocía mejor que nadie.
Olivia había llegado.
Adrián apretó la piedra de luna por instinto. Los padres de Leonardo recordaban vagamente que entre aquel grupo de compañeros había una chica, aunque la impresión no era tan marcada como con Adrián;

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