No podía ir muy lejos.
Apenas avanzó unos pasos, el dolor la hizo sudar frío. Era insoportable.
Al verla así, Valeria sonrió con burla.
Se acercó a Fiona lentamente, disfrutando el momento.
—¡Corre! ¡Ándale, corre! ¡A ver si puedes!
Los ojos de Valeria estaban inyectados de sangre, clavados fijamente en Fiona.
Al ver la expresión de la mujer, la mirada de Fiona se volvió sombría.
Justo cuando no sabía qué hacer, una figura apareció de la nada y se interpuso entre ellas.
Era un hombre alto. Fiona no podía verle la cara, solo su espalda ancha.
Pero el aroma sutil de su loción inundó sus sentidos al instante.
Ese olor le resultaba muy familiar.
Olía igual que Samuel...
¿Acaso Samuel había llegado?
En cuanto ese pensamiento cruzó por su mente, Fiona levantó la vista instintivamente hacia la cabeza del hombre.
¡Sí era él!
¿Cómo demonios había aparecido ahí?
En ese momento, Fiona sintió que el corazón le daba un vuelco y luego empezaba a latir desbocado.
—Samu...
Valeria, por supuesto, también vio al hombre frente a ella y el miedo asomó en sus ojos.
La navaja que sostenía se le resbaló un poco, casi cayéndose al suelo.
Hacía un momento, al pasar junto al arma que Fiona había tirado, la había recogido con la intención de cortarle la cara ella misma.
Pero nunca imaginó que Samuel aparecería.
Al escuchar eso, Samuel giró la cabeza incrédulo para mirar a Fiona.
Se movió para quedar al lado de ella y luego clavó su mirada asesina en Valeria. La temperatura a su alrededor pareció descender varios grados.
Repitió las palabras de Fiona:
—¿Querías cortarle la cara?
La voz del hombre sonaba aterradora. Al escucharla, Valeria tragó saliva nerviosa y negó con la cabeza frenéticamente.
—¡No le hagas caso, está loca! ¿Cómo crees que voy a querer hacerle eso? Solo le estaba haciendo una broma...
Valeria no pudo terminar la frase porque Samuel la interrumpió de golpe:
—¿Una broma? ¿Haces bromas con este tipo de cosas?
El hombre comenzó a caminar hacia ella, paso a paso.
Los guaruras que Valeria había contratado, desde que vieron a Samuel, no se atrevieron a mover un dedo.

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