Fiona le cortó la llamada de inmediato, murmurando con asco: —¡Enfermo!
Hablar con un tipo así era perder el tiempo; simplemente no entendía razones.
Afortunadamente, su desagradable llamada no alteró su rutina. Tras unos días más de reposo, Fiona decidió regresar a su estudio.
Después de varios meses de ausencia, cruzar la puerta del estudio la hizo sentir como si estuviera entrando a otra dimensión.
Había muy pocos empleados. Prácticamente, además de ella y de Emilio, no había nadie.
Lo primero que hizo fue ponerse a limpiar. Las elegantes vitrinas, que llevaban meses sin exhibir nada nuevo, estaban cubiertas por una gruesa capa de polvo.
Pasó un par de horas acomodando y limpiando hasta dejar todo reluciente. Justo cuando terminaba, alguien apareció en la entrada del estudio.
—Fiona, ¿todavía estás aquí?
Al escuchar esa voz tan familiar, Fiona asomó la cabeza y, al ver quién era, se sorprendió muchísimo: —¿Emilio? ¿Qué haces aquí?
—Fui a visitar a mi familia a mi pueblo, y cuando me enteré de que habían volado tu clínica en pedazos, me preocupé tanto que vine directo a verte. —Emilio hizo una pausa, mirándola de pies a cabeza con cierta timidez—: Fiona, ¿ya estás mejor de salud?
Fiona asintió suavemente: —Mucho mejor, gracias por preocuparte.
Ya habían pasado unos cuatro o cinco meses desde que él había renunciado, y aun así, se había tomado la molestia de visitarla.
Si no hubiera sido por el incidente de Bianca, que cruzó su límite de tolerancia, jamás habría despedido a un empleado tan dedicado.
Era una lástima.
—Fiona, no me des las gracias, era lo menos que podía hacer —Emilio bajó la mirada, visiblemente avergonzado, y preguntó con voz temblorosa—: Fiona... ¿crees que podría volver a trabajar aquí contigo?

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