—Si tenías tus motivos, podías habérmelo dicho directamente. ¿Qué necesidad había de humillarme de esa manera en el tribunal? —Fiona Santana sentía que eso era lo más imperdonable de todo—. A menos que seas completamente honesto conmigo, jamás vas a obtener mi perdón.
¿Acaso pretendía que lo perdonara sin explicarle absolutamente nada?
Era una completa ilusión.
Emilio la miró fijamente.
—Bianca se enteró de que mi madre había venido a Santa Matilde a visitarme. Usó la vida de mi madre para chantajearme y me obligó a elegir entre usted y ella. Fue por mi madre que no tuve más remedio que defender a esa mujer —explicó, desesperado—. Yo también lo hice para proteger a mi familia, Fiona. Sé que me equivoqué, te lo ruego, perdóname, ¿sí?
Fiona contempló el estudio vacío y sintió que no le quedaban fuerzas.
—Puedes volver, pero tu puesto será rebajado. Tus responsabilidades serán las mismas; tómalo como tu castigo.
En otras palabras, haría el trabajo de dos personas, pero con un salario y un cargo significativamente menores.
Emilio sabía que el simple hecho de que le permitiera regresar ya era un milagro.
—Gracias por dejarme volver, Fiona. En cuanto al puesto, es el castigo que merezco, no me atrevo a pedir más.
Que Fiona le hubiera concedido esta oportunidad ya era un acto de inmensa generosidad. Exigir más sería un descaro.
—Bien, siendo así, seguirás ayudándome a gestionar el estudio —Fiona aún no se había recuperado del todo y se fatigaba con facilidad—. En cuanto al sueldo, olvídate de lo que ganabas antes. Te lo reduciré en una tercera parte. El resto dependerá de tu desempeño; solo entonces decidiré si te lo devuelvo a la normalidad.
Emilio bajó la cabeza.

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