La navaja seguía presionando contra su cuello.
En esa posición, era imposible soltarse.
Al ver esto, Samuel sintió que el corazón se le salía del pecho. Una ansiedad nunca antes sentida lo invadió.
Andrés era un tipo despiadado. Había hecho su fortuna en el bajo mundo y estaba metido en todo tipo de negocios sucios. Una situación como esta no era nada nuevo para él.
Probablemente era el pan de cada día...
—¡Suéltala ahora mismo!
La mirada de Samuel era sombría, clavada en su enemigo.
Sus manos, a los costados, se cerraron en puños con fuerza involuntaria.
—El otro día le pedí a tu hermano que te diera un mensaje. Solo quería verte, platicar contigo, pero no me diste la oportunidad. Así que tuve que usar este método para que nos viéramos. No me culpes por ser tan rudo.
Andrés tenía una sonrisa gélida en el rostro y la mirada llena de frialdad.
Samuel desvió la vista hacia Fiona.
Vio el miedo en sus ojos.
Antes de que ellos llegaran, Fiona debía haber sufrido bastante. Tenía que rescatarla de las manos de ese loco cuanto antes; no podían seguir alargando esto, su resistencia física tenía un límite.
Samuel tensó la mandíbula y soltó una risa fría.
—No te quise ver, ¿y por eso recurres a bajezas como esta con mi gente? Sigues siendo igual de despreciable que siempre.
Su tono fue suave, pero las palabras se clavaron como espinas en el orgullo de Andrés.
La mano con la que sostenía la navaja comenzó a temblar.
—¿Quieres que la suelte? No es imposible, pero tienes que cumplirme una condición.
Estaban en desventaja. Samuel aceptaría cualquier cosa con tal de que no lastimaran a Fiona.
—¡Está bien! Te daré lo que quieras, pero tienes que tener palabra. En cuanto cumpla, la sueltas.
—Me conoces hace años, ¿no sabes cómo soy? Siempre cumplo lo que prometo... —Andrés miró la determinación en el rostro de Samuel y sonrió de forma extraña—. ¿No te da curiosidad saber qué es lo que quiero que hagas?
Samuel respondió sin rodeos:
—¡Habla de una vez antes de que se me acabe la paciencia!
Apenas terminó de hablar, Andrés soltó la bomba:
—Quiero que te arrodilles y me pidas perdón. Cuando esté satisfecho, la dejaré ir...

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