Después de escucharla, Thiago se dio una palmada en la pierna y se levantó.
—Conozco a un viejo experto en neurología que también domina la medicina tradicional. Tal vez él tenga una solución.
Los ojos de Fiona se iluminaron.
—¿Quién es?
—Es el mentor de mi mentor —explicó Thiago—. Cuando me gradué conocí a un profesor cuyo maestro es una eminencia, al nivel del famoso erudito Álvaro. En el medio lo conocen como «El Maestro».
Fiona se quedó atónita. Conocía a las dos personas que mencionaba. Álvaro era su abuelo, Álvaro Santana. Como en el ámbito académico todos lo llamaban por su nombre, pocos sabían que ella era su nieta.
En cuanto al tal «Maestro», su nombre real era Emiliano Cifuentes, y era compadre de su abuelo. Cuando su abuelo falleció, a los ochenta y tantos años, el señor Cifuentes solía visitarlo a menudo. Pero tras la muerte de su abuelo, Cifuentes desapareció de Santa Matilde. Ella había intentado localizarlo sin éxito y pensó que, dada su avanzada edad, ya habría fallecido.
¡Jamás imaginó que Thiago tendría esa conexión!
Cuando Fiona le reveló la verdad, Thiago también se mostró sorprendido.
—¡Qué pequeño es el mundo! Todo es una coincidencia.
Ella sonrió levemente.
—Así es.
Quizás algunas cosas estaban destinadas a suceder.
—¿Y cómo está de salud el señor Cifuentes? ¿Aún atiende pacientes?
Fiona se sintió reconfortada. Pasó los siguientes dos días coordinando con Emiliano, explicándole quién era ella y cuál era la situación. El anciano dijo que llevaba mucho tiempo sin consultar y necesitaba prepararse, así que le pidió que llevara a Samuel a Montevideo dentro de cinco días. Fiona aceptó de inmediato.
Pero antes de poder ir, la situación tomó el giro que ella más temía.
Debido al incidente anterior que asustó a la niña, Fiona había enviado a Silvia de nuevo con Ofelia. Ese día tuvo que trabajar horas extra y llegó a casa tarde. Samuel ya estaba ahí.
Al entrar a la habitación, vio a Samuel sentado en el sofá, mirando su celular. Cuando él la vio entrar, una expresión de terror cruzó su rostro.
Se levantó de golpe y la miró con pánico:
—¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi casa?
Al escuchar esas palabras, el corazón de Fiona se heló por completo. Lo inevitable había llegado. Realmente la había olvidado, y solo habían pasado veinte días desde los primeros síntomas.

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