—Claro que sí —respondió Fiona sin notar el tono extraño del niño, asumiendo que simplemente la extrañaba—.
Mamá también tiene mucho tiempo sin cenar contigo, Pedro.
En cuanto a que no quería regresar a casa...
Mientras Samuel no aceptara a Pedro, el niño no podía vivir en Costa de la Rivera.
Ni modo, ese era un conflicto irreconciliable, a menos que algún día Samuel realmente lo superara.
Pedro, pensando que ya podía vivir con su mamá, se le iluminaron los ojos y corrió a abrazarla.
—¡Gracias, mamá!
—Bueno, hay mucha gente aquí, súbanse al coche.
Fiona subió a Silvia primero, y Pedro ayudó a su hermana a acomodarse antes de subir él y sentarse a su lado.
Como no había avisado con antelación, Fiona llamó a Helena mientras conducía para pedirle que preparara un par de platillos extra para la cena.
Luego pasó a la clínica por unos documentos antes de regresar a Costa de la Rivera.
Cuando llegó a casa, Samuel ya había salido del trabajo y justo vio la escena de ella entrando de la mano con Pedro y Silvia, uno a cada lado.
—¿Por qué lo trajiste?
Fiona se detuvo un momento.
—Pedro tenía mucho tiempo sin cenar conmigo, y como a Esteban no le tocaba venir por él, lo traje a cenar.
Apenas terminó de hablar, sintió cómo la manita de Pedro, que ella sostenía, se estremecía.
¿Mamá solo quería que se quedara a cenar? ¿No planeaba que se quedara a dormir con ella?
—¿Qué pasa, Pedro? —preguntó Fiona al sentir el temblor del niño—. ¿Dije algo malo?
Pedro tenía miedo y balbuceó al responder.
—No, no...
Solo que no quería regresar y ver a ese papá que actuaba tan raro.
Fiona estaba confundida.
Pedro solía ser un niño muy seguro de sí mismo, ¿por qué hoy se veía tan tímido e inseguro?
Especialmente al ver que su madre estaba a punto de volver a casarse y la fecha se acercaba; tal vez eso lo hacía más sensible a su entorno.
Silvia, al ver que no comía mucho, le peló un camarón muy considerada y lo puso en su plato.
—Pedro, ten, cómete este camarón.
—Gracias.
Al ver que Silvia se preocupaba tanto por él, a Pedro le dio tristeza tener que irse.
Pero sabía que la última vez que se quedó, su tío político se había molestado mucho.
Así que, para no poner a su mamá en una situación difícil, se tragó su amargura.
Después de cenar, mientras Pedro jugaba con Silvia, Esteban llegó a Costa de la Rivera para llevárselo.
—Pedro, vámonos con papá.
Al escuchar la voz, Pedro se estremeció de pies a cabeza. Soltó el juguete de inmediato y se escondió detrás de Fiona.
—Mamá, ¿puedo no irme con papá hoy?

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