El sábado finalmente había llegado.
El día que cambiaría para siempre el destino de Hasret.
Apenas el primer rayo de sol atravesó las delicadas cortinas de su habitación, abrió lentamente los ojos. Había pasado casi toda la noche despierta.
Cada vez que intentaba dormir, la emoción y los nervios la obligaban a volver a mirar el reloj.
Le parecía imposible que aquel momento hubiera llegado.
Durante tantos años había vivido sin permitirse soñar demasiado. Aprendió que las ilusiones eran peligrosas para alguien como ella, una joven que había crecido sin libertad y cuyo futuro siempre había dependido de las decisiones de otros.
Sin embargo, aquella mañana era diferente.
Ya nadie podía cambiar lo que estaba a punto de ocurrir.
Respiró profundamente antes de incorporarse.
Cuando todo estuvo listo, una de las mujeres acercó un gran espejo de cuerpo completo.
Hasret levantó lentamente la mirada.
Durante varios segundos permaneció inmóvil.
La joven que veía reflejada parecía una desconocida.
Lentamente llevó una mano hasta sus labios.
Apenas podía creerlo.
"Hoy..."
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
"Hoy me caso con Murad."
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Pensó que el destino jamás permitiría que una mujer con su pasado pudiera convertirse en la esposa.
Y, sin embargo, allí estaba.
A punto de comenzar una nueva vida.
No pasó mucho tiempo antes de que llamaran suavemente a la puerta.
Uno de los empleados anunció que el automóvil ya estaba preparado.
Era hora de partir.
Las sirvientas tomaron cuidadosamente la pequeña maleta que Hasret había preparado la noche anterior.
No llevaba muchas pertenencias.
Solo algunos recuerdos, ropa y unos cuantos objetos que habían acompañado su vida durante años.
Mientras observaba cómo la cerraban, comprendió algo.
Aquella maleta no solo contenía sus cosas.
También simbolizaba una despedida.
Estaba dejando aquella casa para siempre.
Jamás volvería a vivir allí.
Un extraño nudo se formó en su garganta.
Antes de salir, volvió la vista por última vez hacia la habitación.
Cada rincón guardaba un recuerdo.
Cada pared había sido testigo de sus lágrimas.
Y, aun así, no sintió tristeza.
Solo gratitud.
Mientras caminaba hacia la salida principal, los recuerdos comenzaron a desfilar por su mente.
Recordó el primer día que cruzó aquellas puertas.
Era apenas una niña. Asustada. Sola. No dejaba de llorar.
Todo le parecía inmenso. Extraño. Amenazante.
Creía que jamás volvería a sentirse segura.
Entonces apareció Tariq.
Él también era apenas un niño. Sonreía con esa inocencia que solo poseen los pequeños.
Se acercó sin miedo. Tomó su mano con naturalidad.
—¿Quieres jugar conmigo?
Aquellas simples palabras cambiaron por completo aquel día.
Por primera vez desde que había llegado dejó de llorar.
Él consiguió arrancarle una sonrisa cuando todo parecía perdido.
Hasret cerró los ojos un instante.
"Gracias...", pensó con cariño.
"Ese día hiciste que dejara de sentir miedo."
Pero inmediatamente otro recuerdo ocupó su lugar.
El Tariq adulto. Las decisiones que tomó. Las heridas que dejó. El sufrimiento.
Su sonrisa desapareció.
"Y después..."
"También fuiste quien devolvió el terror a mi vida."
Respiró profundamente.
No quería comenzar aquel día pensando en el pasado.
Había otra persona ocupando completamente su corazón.
Murad.
Su mente viajó inevitablemente hasta aquella noche.
Recordó sus besos.
Sus manos acariciando su rostro con infinita delicadeza.
A la salida ya la esperaba su mejor amiga.
En cuanto la vio, corrió a abrazarla.
—¡Essyra!
Las dos rieron emocionadas.
—¡Por fin regresaste!
Después de unos segundos de alegría, la expresión de la joven cambió ligeramente.
—Qué pena... Hoy se casa Murad Al-Sabah.
La muchacha continuó hablando sin darse cuenta del efecto que habían provocado sus palabras.
—Recuerdo cuántas veces dijiste que algún día serías la señora Al-Sabah. Qué ironía... Al final otra mujer te lo arrebató.
Essyra bajó lentamente la mirada.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del asa de la maleta.
Los nudillos comenzaron a ponerse blancos.
Durante un instante la rabia cruzó por sus ojos. Pero apenas duró unos segundos.
Después dejó escapar una pequeña risa. Una risa tranquila.
Muy distinta a la reacción que todos habrían esperado.
Su amiga la miró sorprendida.
—¿No estás enfadada?
Essyra levantó la vista.
Una sonrisa misteriosa apareció en sus labios.
—¿Quién es la novia?
La joven negó con la cabeza.
—Nadie lo sabe. Toda la ceremonia ha sido mantenida en secreto. Solo se sabe que hoy Murad finalmente se casará. Por eso media ciudad quiere asistir. Todo el mundo siente curiosidad por descubrir quién será la futura señora Al-Sabah.
Essyra permaneció pensativa. Después comenzó a sonreír.
En ese momento Tariq, que había permanecido unos pasos detrás observando la conversación, se acercó lentamente.
Sus ojos nunca dejaron de observar a Essyra.
Ella giró hacia él.
—Vamos. Quiero conocer a la mujer que logró conquistar el corazón de Murad. Quiero ver con mis propios ojos a la futura señora Al-Sabah.
Tariq sostuvo su mirada durante unos segundos.
Luego una cálida sonrisa apareció en su rostro.
Sin decir una sola palabra, tomó delicadamente la mano de Essyra.
Ella no la apartó.
Él entrelazó sus dedos con los de ella y asintió.
—Entonces vayamos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...