Los ojos de Hasret se abrieron de par en par.
Durante un instante dejó de respirar.
El mundo pareció detenerse frente a ella mientras observaba la escena desarrollarse a unos cuantos metros de distancia.
No había esperado aquello.
Ni siquiera en sus peores pensamientos, permanecía al lado de Murad en la cama, ella aun cubierta por las sábanas.
Frente a ellos, Tariq permaneció completamente inmóvil. La sorpresa endureció su rostro y una expresión de absoluta incredulidad cruzó sus facciones. Durante unos segundos fue incapaz de reaccionar, como si su mente se negara a aceptar lo que acababa de suceder.
Pero Murad sí reaccionó.
Y lo hizo antes que cualquiera.
En el mismo instante en que Essyra levantó el arma con manos temblorosas y apuntó directamente hacia él, Murad se lanzó hacia adelante con una rapidez impresionante.
Sujetó su muñeca con firmeza.
Sin darle tiempo de apretar el gatillo, levantó bruscamente su brazo hacia el techo.
El disparo resonó como un trueno dentro de la habitación.
—¡Bang!
El estruendo hizo vibrar las paredes.
Fragmentos de yeso y polvo cayeron desde el techo mientras el eco del disparo recorría toda la estancia.
Hasret cerró los ojos por instinto y dejó escapar un grito ahogado.
El ambiente se volvió explosivo.
Sin embargo, Murad nunca perdió el control.
Con un movimiento preciso, retorció la muñeca de Essyra hasta obligarla a soltar la pistola.
El arma cayó al suelo con un golpe metálico.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, Murad la recogió del piso y, en un solo movimiento, apuntó directamente a la cabeza de Essyra.
Su mirada era fría.
Implacable. No parecía el hombre que minutos antes había sonreído, estaba sin camisa, pero con el pantalón bien puesto, mostraba su fortaleza en sus músculos.
—¡Nadie toca a mi mujer... y sale bien librado! —declaró con una voz que heló la sangre.
Essyra dio un paso hacia atrás.
Su respiración se volvió agitada.
Sus ojos temblaban mientras miraba el cañón del arma apuntándole directamente al rostro.
Pero más que miedo...
Lo que sentía era desconcierto.
Su voz salió apenas como un susurro.
—¿...Tu mujer?
Murad sostuvo su mirada durante unos segundos.
Después, una sonrisa lenta apareció en sus labios.
No respondió inmediatamente.
En lugar de eso, caminó hacia la enorme cama ubicada detrás de él.
Essyra siguió cada uno de sus movimientos.
Con absoluta calma, tomó una de las sábanas blancas.
La levantó.
Y entonces apareció una pequeña mancha rojiza.
No era grande. Pero era imposible no reconocer lo que representaba.
Después volvió a mirar a Essyra.
—¿No es prueba suficiente... de que ella ya me pertenece?
Aquellas palabras fueron como una daga.
Los ojos de Essyra se abrieron completamente.
Jamás imaginó que él haría algo así.
No solo estaba protegiéndola. También estaba reclamándola frente a ella.
Al otro lado de la habitación...
Tariq sintió que toda la sangre abandonaba su rostro.
Sus manos comenzaron a cerrarse lentamente.
Los nudillos se volvieron blancos por la fuerza con la que apretaba los puños.
Una vena marcó su cuello. Su respiración era pesada.
Pero por dentro sentía una extraña mezcla de emociones.
Porque, por primera vez en muchos años... No sintió miedo al mirar a Tariq.
Vio el dolor reflejado en su rostro. Vio la furia consumiéndolo.
Y también vio cómo el orgullo del hombre que siempre creyó tener el control se estaba haciendo pedazos frente a sus propios ojos.
Y, aunque sabía que aquello era únicamente una representación cuidadosamente preparada por Murad…
Aunque conocía la verdad detrás de aquella pequeña mancha sobre la sábana... No pudo evitar disfrutar ese momento.
No porque deseara hacer sufrir a Tariq.
Sino porque él necesitaba enfrentarse, por fin, a las consecuencias de sus propios actos.
Durante demasiado tiempo él había vivido convencido de que Hasret jamás se atrevería a abandonarlo.
Que siempre estaría esperándolo. Que nunca tendría otra opción.
La trató como a una mascota.
Como a un animal domesticado que debía permanecer siempre a su lado.
Le daba órdenes.
Decidía con quién podía hablar.
Qué podía vestir. Dónde podía ir.
Cuándo debía sonreír. Y hasta cuándo debía guardar silencio.
Nunca la vio como una persona.
Solo como una propiedad.
Una posesión más.
Pero incluso el ave más acostumbrada a vivir entre barrotes sueña con el cielo.
Y Hasret había dejado de soñar.
Ahora estaba volando.
Comprendió que el afecto jamás podía nacer del miedo.
Que la obediencia obtenida mediante amenazas no era lealtad.
Y que ningún ser humano pertenece a otro por deuda de gratitud.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...