La primera vez que Nassira sintió a su bebé moverse dentro de ella, se quedó completamente inmóvil.
Durante unos segundos no pudo reaccionar.
Estaba sentada junto a la ventana de la habitación, con una mano sobre su vientre, cuando aquella pequeña sensación apareció.
Fue apenas un movimiento.
Suave. Casi imperceptible.
Pero para ella fue como si el mundo entero hubiera cambiado.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
No eran lágrimas de tristeza.
Era felicidad. Era incredulidad.
Era la emoción de una mujer que había esperado toda su vida por ese instante.
—Phillip...
Su voz salió entrecortada.
Él levantó la mirada inmediatamente al escucharla.
—¿Qué ocurre?
Nassira no respondió.
Solo tomó su mano y la llevó lentamente hasta su vientre.
Phillip sonrió confundido.
—¿Qué estás haciendo?
Ella lo miró con los ojos brillantes.
—Espera.
Ambos permanecieron en silencio.
Pasaron unos segundos.
Entonces ocurrió. Una pequeña patadita.
Phillip abrió los ojos sorprendido.
—¿Lo sentiste?
Nassira comenzó a llorar mientras reía al mismo tiempo.
—Sí...
Él también tenía lágrimas en los ojos.
Era imposible no emocionarse.
Aquel pequeño movimiento era la prueba de que su bebé estaba ahí. Que existía. Que después de tanto, finalmente tenían una vida creciendo dentro de ellos.
Phillip se inclinó y besó su frente.
—Nuestro bebé...
Nassira apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Siempre soñé con sentir esto.
Cerró los ojos.
—Hubo momentos en los que pensé que nunca ocurriría.
Phillip la abrazó con cuidado.
Acarició su vientre con ternura.
—Pero ahora estás aquí. Y él también.
Nassira sonrió.
Phillip se arrodilló frente a ella.
Con una delicadeza infinita apoyó ambas manos sobre su vientre.
Después acercó su rostro.
—Papá está aquí, habibi.
Nassira soltó una pequeña risa entre lágrimas.
Phillip continuó hablando con esa voz suave que solo ella conocía.
—Todavía falta un poco para conocerte, pero quiero que sepas algo. Tu mamá y yo te esperamos durante mucho tiempo. Te amamos incluso antes de verte. Así que sé fuerte, pequeño. Pronto vendrás con nosotros. Y prometo protegerte toda mi vida.
Nassira observó aquella escena con el corazón completamente lleno.
Ese era el hombre que había elegido.
El hombre que había permanecido a su lado en cada batalla.
***
Los meses pasaron.
Cada semana era una victoria.
Cada revisión médica era una mezcla de miedo y esperanza.
El embarazo de Nassira no era como cualquier otro.
Los médicos vigilaban constantemente el funcionamiento del útero trasplantado, ajustaban los medicamentos y controlaban cada pequeño cambio.
Pero el bebé crecía.
Y eso era suficiente para seguir adelante.
Cuando llegó la semana treinta y cinco, todos comenzaron a respirar con mayor preocupación.
Los doctores habían esperado llegar a la semana treinta y siete, pero cada día era una batalla.
El cuerpo de Nassira estaba agotado.
La presión sobre el útero trasplantado aumentaba y, por precaución, decidieron ingresarla en la clínica privada para mantenerla bajo vigilancia permanente.
Phillip prácticamente no se separaba de ella.
Había convertido aquella habitación en su segundo hogar.
Dormía pocas horas.
Comía solo cuando alguien se lo recordaba.
Su mayor miedo era cerrar los ojos y despertar demasiado tarde.
Aquella tarde, la habitación estaba tranquila.
La luz del atardecer entraba suavemente por el ventanal.
El monitor fetal emitía un sonido constante y tranquilo.
—¡Ayuda! —gritó Phillip desesperado.
El monitor fetal cambió. El sonido tranquilo desapareció.
Los latidos comenzaron a disminuir. La alarma llenó la habitación.
En cuestión de segundos, las puertas se abrieron.
Médicos y enfermeras entraron corriendo.
—¡La frecuencia cardíaca del bebé está bajando!
—¡La presión de la paciente está cayendo!
Phillip fue apartado mientras el equipo médico rodeaba a Nassira.
—¡Nassira! —gritó él intentando acercarse—. ¡Estoy aquí!
Pero ella ya estaba perdiendo la conciencia.
Sus ojos buscaron los de él por última vez.
Y después todo se volvió oscuro.
—¡Tenemos que llevarla a quirófano ahora! Es una rotura.
La camilla salió a toda velocidad por el pasillo.
Phillip caminó detrás de ellos hasta que una enfermera lo detuvo.
—Señor, no puede continuar.
—¡Es mi esposa! Soy médico.
—Lo sabemos, pero debemos salvarla.
Las puertas del quirófano se cerraron frente a él.
Y por primera vez en años...
Phillip no podía hacer nada. Solo podía esperar.
Miró sus manos temblorosas.
Todavía sentía el calor de los dedos de Nassira.
Todavía escuchaba su voz.
"Ya casi lo logramos."
Se dejó caer contra la pared. No podía perderla. No después de todo.
No después de haber llegado tan lejos.
Dentro del quirófano, el equipo médico se preparaba para una emergencia extrema.
La situación era crítica.
La vida de Nassira y la de su bebé dependían de cada segundo.
—Vamos a cirugía inmediatamente.
No podemos esperar.
El equipo comenzó a trabajar.
Y mientras las luces del quirófano iluminaban aquella batalla desesperada...
Phillip permanecía afuera, rezando por las dos personas que más amaba en el mundo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...