Omar la ayudó a subir.
El helicóptero despegó lentamente.
Desde el cielo, las luces de la ciudad comenzaron a hacerse cada vez más pequeñas.
Samyra apoyó la cabeza sobre el hombro de Omar.
Él rodeó su cintura con un brazo.
Por primera vez en muchos años, ninguno de los dos sentía culpa, miedo o incertidumbre.
Solo paz.
Mientras contemplaba el inmenso mar iluminado por la luna,
El viaje hacia la isla fue un preludio perfecto.
Al llegar, el paisaje los recibió con una belleza que parecía sacada de un sueño.
Omar no esperó un segundo más; con un movimiento ágil y protector, cargó a su esposa en brazos, haciéndola reír con suavidad, y la llevó a través de los pasillos de la residencia hasta la majestuosa habitación nupcial.
Al entrar, Omar la bajó lentamente, pero no la soltó. Samyra lo miró fijamente, con los ojos brillando por la emoción del momento.
—¿Eres feliz, Omar? —preguntó ella en un susurro, buscando la confirmación en sus ojos.
Él asintió con una devoción infinita en la mirada.
—Soy muy feliz, mi vida —respondió él, antes de estrecharla contra su pecho—. Pero estoy seguro de soy el hombre más afortunado del mundo por tenerte a mi lado.
Se miraron con una intensidad que detuvo el tiempo. Lentamente, Omar se inclinó y comenzó a besarla.
El beso inició con una dulzura y una ternura infinitas, un compromiso silencioso de cuidado y respeto.
Sin embargo, el calor entre ambos no tardó en encenderse, y poco a poco, el beso apremió con una pasión incontenible que reclamaba los cuerpos de ambos.
Una a una, las ropas cayeron al suelo, quedando despojados de cualquier barrera.
Fue entonces cuando la mirada de Omar se detuvo en las marcas sobre la piel de Samyra.
Eran esas cicatrices imborrables, los testimonios silenciosos del día en que ella, arriesgándolo todo, salvó su vida.
Lejos de apartar la vista, Omar las contempló con un amor que rayaba en la adoración.
Con la delicadeza de quien toca una obra de arte sagrada, acarició las marcas con la yema de sus dedos y, acto seguido, se inclinó para besarlas una a una con una devoción conmovedora.
—Significan la prueba viviente de que me salvaste —susurró él contra su piel, con la voz rota por la emoción—. Te amo, amor de mi vida.
Omar continuó besándola, descendiendo con suavidad por su silueta.
La capacidad de pensar se evaporó de su mente, reemplazada por un calor abrasador que inundó la habitación y erizó la piel de ambos.
Samyra, entregada por completo al frenesí, comenzó a exigir más, arañando su espalda y pidiendo mayor velocidad.
Atendiendo a sus súplicas, Omar aceleró el ritmo, moviéndose con fuerza y rapidez.
Los sonidos y gemidos que escapaban de la boca de ella actuaban como el afrodisíaco más potente, elevando la excitación de él a niveles insospechados.
Pronto, el cuerpo de Samyra se tensó y ella soltó un grito liberador, alcanzando la gloria del clímax.
Omar la embistió una última vez con todas sus fuerzas; era su turno. Ahogó un gemido que se transformó en un gruñido masculino cuando el orgasmo lo invadió por completo.
Todo su cuerpo tembló con violencia,
Finalmente, exhaustos y cubiertos de sudor, Omar la atrajo hacia sí de inmediato, abrazándola con fuerza contra su pecho, buscando su calor. Una oleada de felicidad y una paz absoluta inundaron la habitación nupcial, disipando cualquier rastro de tormento del pasado.
—Te amo, mi amor —susurró Omar, besando su frente húmeda.
—Te amo, Omar —respondió Samyra en un murmullo adormecido, depositando un tierno beso en su pecho.
Pocos minutos después, vencida por el cansancio y el placer, ella se quedó profundamente dormida.
Omar, contemplándola con una sonrisa llena de paz, cerró los ojos y se entregó al sueño a su lado, sabiendo que finalmente su amor estaba a salvo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...