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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 220

Nassira había pactado con sus abuelos que al día siguiente conocerían a Phillip.

Cuando los ancianos se marcharon, la joven cerró la puerta lentamente y apoyó la espalda contra ella. Solo entonces dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

Sentía que las piernas le temblaban.

Samyra se acercó y le tomó la mano con cariño.

—¿En qué piensas?

Nassira levantó la mirada. En sus ojos había ilusión, pero también un profundo temor.

—Tengo miedo.

—¿De qué?

—De que mañana no lo acepten.

Su voz se quebró.

—Samyra... si los abuelos lo rechazan, no sé qué haré. No quiero perder a Phillip, pero tampoco quiero perder a mi familia.

Samyra la abrazó con ternura.

—No tienes que elegir entre el hombre que amas y las personas que te criaron.

Nassira suspiró.

—Ojalá fuera tan sencillo.

Samyra sonrió con dulzura.

—Confía en él. Phillip siempre ha sabido ganarse el respeto de las personas.

Nassira la miró con curiosidad.

—¿Tú realmente crees que todo saldrá bien?

—Sí.

Samyra asintió sin vacilar.

—Mi padre lo admiraba profundamente. Cuando Phillip estudiaba medicina, la situación económica de su familia era muy difícil. Mi padre descubrió que estaba a punto de abandonar la universidad y decidió ayudarlo a pagar parte de sus estudios.

Nassira abrió los ojos con sorpresa.

—Nunca me contó eso.

—Porque nunca le gustó presumir lo que recibió de los demás. Siempre decía que esa ayuda lo obligaba a convertirse en un hombre digno de la confianza que habían depositado en él.

Samyra sonrió al recordarlo.

—Cuando se graduó, regresó personalmente para darle las gracias a mi padre. Nunca olvidó aquel gesto. Phillip es un hombre agradecido, humilde y honorable.

Nassira sintió que la ansiedad disminuía.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Entonces... solo debo confiar en él.

—Exactamente.

Samyra acarició su mejilla.

—Y también confiar en Alá.

***

Al día siguiente, la casa estaba llena de un ambiente diferente.

Por primera vez en mucho tiempo, no había tristeza ni preocupación.

Había ilusión.

Samyra y Omar decidieron preparar personalmente la cena.

—Déjame cortar las verduras —dijo Omar, tomando un cuchillo.

Samyra arqueó una ceja.

—¿Estás seguro? No quiero terminar llevándote nuevamente al hospital.

Él soltó una carcajada.

—Qué poca confianza me tienes.

—Porque la última vez casi cortas la tabla en lugar de la cebolla.

Los dos comenzaron a reír.

Mientras cocinaban, los bebés permanecían en sus sillitas observándolos.

Murad agitaba las manos emocionado cada vez que Omar le sonreía.

La pequeña Fahriye respondía con una dulce risita.

Omar los miró y su corazón se llenó de paz.

Aquella escena era exactamente la vida con la que siempre había soñado.

Samyra lo observó en silencio.

Durante años había imaginado momentos tan simples como cocinar juntos, compartir una comida en familia o ver a sus hijos crecer al lado del hombre que amaba.

Y ahora, por fin, los estaba viviendo.

Cuando terminaron de cocinar, ambos colocaron cuidadosamente los platos sobre la mesa.

Todo estaba listo.

Solo faltaban los invitados.

***

Los primeros en llegar fueron los abuelos.

Nassira los recibió con un respetuoso abrazo.

Aunque intentaba sonreír, no dejaba de mirar el reloj.

Cinco minutos.

Siete. Diez.

El corazón comenzó a acelerársele.

—¿Y si se arrepintió?

Samyra notó su inquietud.

—Vendrá.

Como si aquellas palabras hubieran sido una señal, el timbre sonó.

Nassira prácticamente corrió hacia la puerta.

Phillip sonrió antes de responder.

—Porque cuando muchos solo veían sus heridas, yo descubrí la enorme fortaleza que había en su corazón. Porque jamás conocí a una mujer tan generosa. Porque incluso después de todo el dolor que sufrió, sigue siendo capaz de sonreír y de cuidar a quienes ama. Y porque cuando estoy junto a ella siento que encontré el lugar al que pertenezco.

Nassira sintió que los ojos se le humedecían.

El abuelo permaneció pensativo unos segundos.

Luego formuló la pregunta que más le preocupaba.

—¿Sabe que mi nieta no puede tener hijos?

Phillip respondió sin dudar.

—Lo sé. Ella misma me lo dijo. Y jamás cambió lo que siento por ella. Los hijos son un regalo maravilloso, pero no son la razón por la que quiero casarme. Yo quiero compartir mi vida con Nassira. Si algún día Dios nos concede un hijo, lo recibiremos con gratitud. Y si no sucede, seguiré considerándome el hombre más afortunado del mundo por tenerla a mi lado.

El silencio invadió el comedor.

Incluso la abuela bajó la mirada para ocultar las lágrimas que comenzaban a formarse.

El abuelo continuó.

—También nos dijeron que desea abrazar nuestra fe.

Phillip asintió.

—Es verdad. No lo hago por obligación. No lo hago para convencerlos. Lo hago porque deseo comprender la fe que sostiene a la mujer que amo. Quiero caminar junto a ella en todos los aspectos de nuestra vida. Y construir un hogar donde nuestros valores sean los mismos.

Samyra sonrió con orgullo. Entonces decidió intervenir.

—Abuelo... Phillip también está ayudando a salvar la vida de Omar. Ha pasado noches enteras en el hospital sin pensar en descansar.

Omar miró a Phillip con gratitud.

—Si algún día yo faltara... Me iría tranquilo sabiendo que mi hermana estará protegida por un hombre como él.

El anciano guardó silencio.

Miró a su esposa. Luego a Nassira.

Finalmente volvió la vista hacia Phillip.

Suspiró profundamente.

—Nunca imaginé entregar a mi nieta a un hombre nacido lejos de nuestra tierra. Pero tampoco imaginé encontrar a alguien dispuesto a cambiar su vida por ella.

Se puso lentamente de pie.

Phillip también lo hizo.

El joven inclinó respetuosamente la cabeza.

—No quiero llevarme a Nassira lejos de ustedes. Quiero formar parte de esta familia. Si algún día les fallo... Tendrán todo el derecho de llamarme indigno de su confianza. Pero mientras viva... La amaré, la respetaré y la protegeré con toda mi alma.

El abuelo permaneció inmóvil unos segundos.

Después dio un paso al frente y lo abrazó.

—Entonces... Bienvenido a la familia.

Nassira rompió en llanto.

Corrió a abrazar a su abuelo y luego a Phillip.

Por primera vez desde que se había enamorado de él, sintió que el futuro dejaba de ser una batalla para convertirse, al fin, en una esperanza.

Y aquella noche, alrededor de una sencilla mesa familiar, no solo se compartió una cena. También nació una nueva familia.

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