Nassira salió del edificio con el corazón agitado.
Aunque intentaba mantenerse serena, no podía dejar de mirar hacia atrás cada pocos pasos.
Tenía miedo.
Miedo de que sus abuelos vinieran por ella. Miedo de que intentaran llevarla de regreso a Dubái por la fuerza.
Legalmente, su hermano Omar era su tutor, y sabía que nadie podía obligarla a marcharse. Sin embargo, el temor seguía instalado en su pecho.
No era miedo a ellos.
Era miedo a perder a la familia que tanto amaba.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—¿Por qué tiene que ser así...? —susurró.
Nunca quiso enfrentarse a sus abuelos.
Los amaba profundamente. Ellos la habían criado, la habían protegido desde pequeña y le habían enseñado a amar a Alá.
Pero también habían decidido por ella durante demasiados años.
Respiró hondo y levantó la cabeza.
—Esta vez... tengo que decidir por mí.
Tomó un taxi y, pocos minutos después, llegó al edificio donde vivía Phillip.
El departamento estaba a solo unos minutos del de Samyra, así que conocía bien la zona.
Subió al piso correspondiente y se detuvo frente a la puerta.
Respiró profundamente antes de tocar el timbre.
Una vez. Dos veces. Tres.
Nadie respondió.
El silencio del pasillo comenzó a pesar sobre sus hombros.
Su sonrisa desapareció poco a poco.
"¿Y si me equivoqué otra vez?"
Bajó lentamente la mano.
"¿Y si mis abuelos tienen razón?"
Su pecho comenzó a oprimirse.
"¿Y si solo estoy persiguiendo un sueño imposible?"
Durante toda su vida había intentado hacer lo correcto.
Había obedecido.
Había callado. Había ocultado incluso su infertilidad por miedo a decepcionar a los demás.
¿Y si ahora también estaba equivocándose?
Cerró los ojos. Por un instante estuvo a punto de marcharse.
Entonces escuchó el sonido del ascensor.
Las puertas metálicas se abrieron lentamente.
—¿Nassira?
Ella levantó la cabeza de inmediato.
Phillip salió del ascensor cargando varias bolsas de papel y una pequeña caja de cartón.
Al verla, sus ojos se iluminaron con una alegría imposible de ocultar.
Una sonrisa cálida apareció en su rostro.
—Hola...
Nassira sintió que toda la ansiedad que había acumulado durante el día comenzaba a desaparecer.
Sin darse cuenta, también sonrió.
—Hola...
Los dos permanecieron inmóviles durante unos segundos.
Era extraño. Durante el último mes habían salido varias veces a caminar, habían compartido comidas, largas conversaciones y paseos por la ciudad.
Sin embargo, todo había sido en secreto.
Nassira todavía no se había atrevido a contarle a Omar ni a Samyra que Phillip ocupaba un lugar tan importante en su corazón.
No porque desconfiara de él. Al contrario.
Durante ese mes había descubierto a un hombre paciente, respetuoso y bondadoso.
Un hombre que nunca intentó apresurarla.
Un hombre que siempre caminaba a su lado, jamás delante de ella.
Phillip notó entonces que los ojos de Nassira estaban ligeramente enrojecidos.
Su sonrisa desapareció.
—¿Estuviste llorando?
Ella intentó negarlo con una sonrisa.
—No es nada.
Él dejó las bolsas sobre el suelo.
—Nassira...
Ella lo miró sin comprender. Él tomó uno de los folletos.
—Nassira... nunca intentaría cambiarte. Ni pedirte que renuncies a tu fe. Eso sería pedirte que dejaras de ser quién eres.
Ella sintió un nudo en la garganta.
Phillip continuó.
—Pero comprendí que, si algún día quería caminar a tu lado, debía conocer el camino que tú recorres.
Miró los folletos con una sonrisa.
—He estado leyendo desde hace semanas. También hablé con un imán. Quiero seguir aprendiendo.
Los ojos de Nassira comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Lo haces... por mí?
Phillip negó lentamente.
—Lo hago porque quiero comprender aquello que te da paz. Porque quiero conocer mejor la religión que forma parte de la mujer que amo.
Hizo una pausa.
—Y porque creo en un solo Dios. Siempre he creído. Quizá Él fue quien cruzó nuestros caminos cuando ambos más lo necesitábamos.
Nassira sintió que el corazón le latía con fuerza.
Phillip dio un paso más hacia ella.
—No quiero apresurar nada. No espero que respondas hoy. Ni mañana. Solo necesito que sepas algo.
Tomó sus manos entre las suyas.
—No quiero ser el hombre al que buscas únicamente cuando el mundo se derrumba. Quiero ser el hombre que también esté a tu lado cuando seas feliz. Quiero caminar contigo cuando las cosas sean fáciles y cuando sean difíciles. Quiero respetarte. Cuidarte. Escucharte. Y si algún día decides que soy digno de compartir tu vida...
Sonrió con ternura.
—Quiero convertirme en tu esposo. Quiero formar un hogar contigo. Quiero sostener tu mano cuando envejezcamos. Y, si lo permites, quiero ser el padre del hijo que la vida quiera regalarnos... Porque para mí, una familia nunca dependerá únicamente de la sangre. Dependerá del amor.
Nassira rompió a llorar.
Ningún hombre le había hablado así.
Toda su vida había escuchado órdenes. Había escuchado exigencias. Había sentido que debía demostrar constantemente su valor.
Pero Phillip... Él nunca le había pedido cambiar. Solo le ofrecía caminar a su lado.
Con la voz quebrada, Nassira sonrió entre lágrimas.
—¿Por qué pareces tan perfecto?
Èl rio.
—No lo soy, en realidad no, soy un hombre que, hace años, hubiese dejado por su carrera, pero he visto gente morir, he visto gente sanar, y los vi, para ellos, lo más importante siempre fue el amor que dejarían en la tierra, y yo quiero tener un amor para mi en esta tierra, y quiero que seas tú. No te puedo prometer un cuento de hadas, ni la eternidad, pero prometo ser fiel a mi promesa de estar a tu lado.
Él la abrazó y por primera vez, Nassira sintió que estaba en los brazos correctos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...