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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 211

—Nassira… ¿y con quién se supone que piensas tener un hijo? —preguntó el abuelo con voz grave, apoyándose en su bastón—. No me dirás que estás pensando en traer un niño al mundo sin saber siquiera quién es el padre. ¡Jamás lo permitiré!

La sala quedó en silencio.

Nassira bajó la cabeza por unos segundos. Sus dedos se entrelazaron con nerviosismo sobre su regazo, mientras reunía el valor para hablar.

Había prometido no volver a esconder sus sentimientos.

Había visto demasiado sufrimiento en los últimos años.

Había visto a Omar perder a Samyra.

Había visto a Samyra marcharse con el corazón destrozado. Había visto el arrepentimiento de su hermano cuando descubrió, demasiado tarde, que iba a convertirse en padre.

Ella no quería vivir una historia igual.

Respiró profundamente y levantó la mirada.

—No cometería una locura así, abuelo.

Su voz era suave, pero firme.

—Ya hay alguien en mi corazón.

Los dos ancianos intercambiaron una mirada.

La abuela fue la primera en hablar.

—¿Quién es ese hombre? ¿De qué familia proviene?

Nassira sintió un nudo en la garganta.

Sabía que, después de pronunciar aquellas palabras, nada volvería a ser igual.

—No pertenece a ninguna familia que ustedes conozcan...

Los ancianos permanecieron atentos.

Ella tragó saliva.

—Él... no es musulmán.

El silencio fue absoluto.

Parecía que incluso el aire había dejado de moverse.

El abuelo abrió lentamente los ojos.

La abuela llevó una mano a su pecho, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.

—¿Qué acabas de decir...? —susurró.

—Él no es musulmán —repitió Nassira, aunque la voz le tembló—. Pero es un hombre bueno.

El abuelo golpeó el suelo con su bastón.

—¡No!

Su voz retumbó por toda la casa.

—¡Eso jamás sucederá!

La abuela cerró los ojos con tristeza.

—Nassira... nosotros te educamos en nuestra fe. Te enseñamos nuestras costumbres, nuestros valores... ¿Cómo puedes pensar en casarte con un hombre que no comparte nuestra religión?

—Abuela...

—¿Sabes lo que significa eso? —continuó la anciana con los ojos humedecidos—. Un matrimonio no es solo amor. Es compartir la misma fe, las mismas oraciones, los mismos principios. ¿Qué pasará con tus hijos? ¿Cómo serán educados?

Las palabras atravesaron el corazón de Nassira.

Ella comprendía sus temores.

Los respetaba.

Pero también sabía que el amor no podía medirse únicamente por una religión.

—Phillip nunca me ha faltado al respeto —respondió con serenidad—. Nunca se burló de mis creencias. Nunca intentó cambiarme.

Los ancianos guardaron silencio.

—Me ha protegido cuando más lo necesitaba. Me escucha, me respeta y me trata como una mujer valiosa.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Con él nunca tuve que mendigar cariño.

La abuela desvió la mirada.

El abuelo, en cambio, endureció el rostro.

—¡Basta!

Volvió a golpear el suelo con el bastón.

—¡No quiero escuchar una palabra más!

Se puso de pie con dificultad.

—Mientras yo viva, jamás permitiré ese matrimonio.

Nassira retrocedió un paso.

—Abuelo...

—¡Mañana mismo regresarás a Dubái con nosotros!

Su voz sonó como una sentencia.

Las palabras golpearon directamente la culpa de Omar.

Él bajó la mirada durante un instante.

Porque, aunque conocía toda la verdad, también sabía que, ante los ojos de sus abuelos, su situación era incomprensible.

Respiró profundamente.

Luego volvió a levantar la cabeza.

—Abuelo...

Su voz sonó tranquila.

—Sé que está decepcionado de mí.

El anciano permaneció en silencio.

—Y tiene derecho a estarlo.

Nassira lo miró sorprendida.

No esperaba aquella respuesta.

—Cometí errores muy graves.

Omar tragó saliva.

—Perdí a la mujer que amaba por mi orgullo. Casi pierdo el nacimiento de mis hijos porque no fui capaz de verla a tiempo. Créame... no pasa un solo día sin que me arrepienta.

El abuelo no respondió.

Omar continuó.

—Pero precisamente porque conozco el precio de mis errores, no quiero que Nassira viva una vida llena de arrepentimientos.

Miró a su hermana.

—Antes de juzgar al hombre que ama, permítanle demostrar quién es realmente.

El abuelo apretó el bastón con fuerza.

—¿También la apoyarás?

Omar sostuvo su mirada.

—La apoyaré a tomar una decisión consciente, no una decisión nacida del miedo.

El silencio volvió a envolver la estancia.

Los abuelos estaban enfurecidos, Nassira sintió que su hermano por fin la comprendía, que ahora tenía un respaldo en medio del caos.

Y Samyra, sin que Omar lo viera, lo estaba observando con orgullo y amor, de nuevo era el hombre que admiraba.

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