LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 80. Una traición
Y vaya que el jefe de la casa se encargó, porque una hora después, para el momento en que Ranger estuvo de regreso, aquella cocina era como un anuncio de televisión de productos de limpieza.
Sebastián hasta se había puesto un delantal, y guantes de goma, y estaba fregando a diestra y siniestra como si le fuera la vida en ello. No hubo cajón, cubertería, contenedor de plástico, plato o rincón de la alacena que dejara sin fregar, y para cuando terminó y Michelle se asomó a la cocina, no había un centímetro de ella que no brillara casi más que la sonrisa en el rostro de Sebastian.
—¿Ves, loquita? ¡Todo está limpio! ¡Todo está absolutamente limpio! ¡No hay más cucarachitas a la vista, ni vivas ni muertas! ¿Ya quieres salir?
Michelle hizo un puchero mientras suspiraba con cierto alivio y salió de su habitación para sentarse con ellos a desayunar. Ranger mencionó dar un recorrido por los alrededores para ajustar los sensores del sistema de seguridad, y Sebastián se ofreció con la mejor actitud a quedarse cuidando a Michelle.
—¡Está bien, pero no vayas a provocarla! —le advirtió Ranger.
—¡Claro que no! ¿No te das cuenta de que solo estoy tratando de ayudar? —replicó Sebastián y esperó pacientemente a que Ranger se fuera para girarse hacia Michelle.
La muchacha estaba acurrucada en el sofá con su computadora sobre las piernas tratando de escribir. La había visto así muchas veces, con esa expresión concentrada que había empezado a encantarle, especialmente porque ella no lo dejaba ver nunca lo que estaba escribiendo.
—Michelle... Disculpa ¿te molestaría que me diera un baño? —preguntó Sebastián abriendo los brazos y ella vio que en efecto seguía un poco sucio y mojado después de la limpieza tan feroz que le había dado la cocina.
—No, claro que no, adelante —respondió la muchacha volviendo a su página en blanco, que definitivamente así seguía diez minutos después, cuando él salió del baño, descalzo, con un pantalón negro de algodón ajustado a la cadera y un montón de gotitas de agua chorreándole desde el cabello mojado y sobre el torso descubierto.
Sebastián trató de no sonreír abiertamente cuando se dio cuenta de la forma en que Michelle lo miraba, con aquellos labios despegaditos y esa expresión que decía “te quiero comer por todos lados”. Sin embargo no esperaba las palabras que salieron de su boca.
—¿No tenemos toallas limpias? —preguntó ella y Sebastián pestañeó despacio.
—¿Eh?
—¿O no te alcanzó la toalla para secarte? Si necesitabas una más grandes me la podías pedir —dijo Michelle con una expresión tan inocente que casi era un insulto—. ¿Y sí tienes ropita que ponerte? O si quieres le digo a Ranger que te preste. Sus playeras te van a quedar grandes, digo por él es… ya sabes… ¡grande! Pero mejor que andar por ahí así me dio encuerado y listo para agarrar un resfrío.
El rostro de Sebastián se enfurruñó en un segundo y levantó la mano, enseñando que tenía ya una playera lista y limpia que ponerse.
—No te preocupes, yo me las arreglo —gruñó antes de terminar de vestirse.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana