LA TRAMPA PERFECTA, CAPITULO 79. El jefe de la casa
Sebastián jamás había creído mucho en eso, pero si algo debía reconocer era que Michelle Dalton tenía muy bien puestos sus espíritus animales, porque cuando no estaba más loca que una cabra, entonces era más feroz que una loba.
Y en aquel mismo momento, exactamente en ese en que estaba mirándolo a los ojos con la expresión más desafiante posible, Sebastián sabía que de loca no tenía nada.
—Michelle, por favor... —murmuró tratando de calmarse para ver si eso de alguna forma influía en ella también—. El asunto del matrimonio solo fue una trampa, te lo dije, yo no quería...
—¿Desde cuándo, Sebastian? ¿Fue una trampa desde que me exigiste el divorcio? —lo increpó la muchacha pero estaba segura de que él no le mentiría en la cara diciéndole que sí.
—Pues no, no desde ese momento... Pero entiéndeme, estaba ofuscado. Estaba muy molesto porque acababa de recuperar la memoria y tú me habías mentido y yo no entendía... ¡Maldición no podía entender por qué habías hecho eso, pero...! —Por un instante su voz se cortó y respiró profundo—. Michelle, tú y yo juntos somos... somos otra cosa. Contigo, aquí, fui una persona distinta a lo que jamás había sido, más feliz de lo que jamás había sido, y tienes razón: yo también me gustaba más cuando solo era un peón en la hacienda de tu abuela.
La muchacha pasó saliva mientras encajaba aquella confesión, pero a pesar de eso tenía dudas, dudas que simplemente no podía sacarse de la cabeza cuando él quisiera quitárselas y ya.
—Te entiendo, porque para mí también fue así, para mí también fue un momento... excelente, Sebastian. No necesitaba nada más cuando estaba contigo... pero ese momento ya pasó. Ahora tengo que pensar en mis hijos y...
—¡Y yo estoy pensando en ellos, Michelle! ¡Yo también estoy pensando en nuestros hijos! ¡Solo quiero estar aquí para cuidarlos!
—Y eso me parece increíble —sentenció la muchacha con más firmeza de la que había esperado—. Pero no puedo aceptar que te quedes solo por ellos, porque también tengo que pensar en mí, Sebastián. Así que como padre de nuestros hijos eres bienvenido, pero como nada más.
—Michelle, por favor...
—Lo siento, pero esa es mi última palabra —sentenció ella y en aquel momento a Sebastián se le salió lo Vanderwood bruto, testarudo y sordo.
—¡Pues esa será tu última palabra pero no es la mía! —gruñó con impaciencia—. ¡Y si digo que me voy a quedar aquí es porque me voy a quedar aquí! Porque el lugar de un padre está con sus hijos, así que nada de casona, nada de nada, yo me voy a quedar en esta cabaña a cuidar de ti porque eso es lo correcto, ¡y porque además es lo que quiero hacer y punto!
Los ojos de Michelle se abrieron desmesuradamente y un segundo después ya había vuelto a la fase de cabra loca.
—¿¡Disculpa?! ¿¡Cómo dijiste?! —lo increpó furiosa.

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