LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 97. La trampa final
Siete meses después
—¡Este no es sitio para tener a un bebé! ¡Mucho menos a dos! —exclamaba Sebastián desesperado porque habían hecho un último viaje a Texas antes de que nacieran sus hijos, y como si reconocieran sus raíces, los bebés habían decidido adelantar su nacimiento un par de semanas.
—Lo sé, hijo, pero tienes que calmarte —lo reconvino Rufus señalando hacia una de las ventanas, al diluvio que estaba cayendo fuera de la casa—. Créeme que yo soy el primero que estoy desesperado por sacarla de aquí y llevarla a un hospital, ¡porque tu mujer es pura sangre pero no yegua! ¡Estoy de acuerdo contigo en que no debería tener a tus hijos en casa, sino en un hospital como la gente normal! ¡Pero ninguno de nosotros controla el clima, y salir afuera es ponerla en peligro!
—¡Pero si nos llevamos la camioneta grande! ¡Si vamos con cuidado...! —se desesperó Sebastián porque lo único que podían escuchar de fondo eran los gritos y las amenazas de Michelle.
—Sebas, el río está desbordado —le dijo Nate—. Es demasiado peligroso intentar atravesar el puente, incluso con la camioneta más grande que tenemos. Así que tienes que calmarte, y vamos a tratar de ayudar a Michelle en todo lo posible.
Sebastián se mesó los cabellos con desesperación, pero tenía que confiar en su familia, y tenía que confiar en que Dios estaba haciendo aquello por alguna razón y no era para su mal.
—Bien bien... entonces... ¡Que vengan Elijah y Lynett! ¡Ellos sabrán que hacer! —pidió Sebastián antes de entrar a aquella habitación donde estaba su esposa, y atrapó una de sus manos para besarla mientras veía la forma en que aquel sudor frío se escurría por el rostro de Michelle.
—Loquita, no podemos salir de aquí ahora —murmuró con el corazón estrujado—. ¡De verdad lo siento mucho! ¡Dios, fue una mala idea venir tan cerca del nacimiento de los bebés!
Sin embargo en lugar de reproches lo único que obtuvo fue aquel apretón suave y una sonrisa resignada de Michelle.
—Príncipe... somos gente de campo ¿recuerdas? —le dijo con más tranquilidad de la que él podía imaginar.
—Y dice mi papá que tú eres una purasangre —susurró Sebastián.
—¡Exacto! Yo soy una pura sangre, príncipe, y si no soy capaz de tener a tus hijos aquí, entonces merezco que me deshereden de Piney River.
—¡No exageres!
—¡Cierto, mejor no exagero, yo me quedo con Piney River! —rio Michel y un segundo después apretaba la mano de Sebastián con fuerza, intentando sobrepasar aquella contracción que hacía que todo su cuerpo doliera.
—Elijah y Linette ya van a venir —le dijo Sebastián—. Ellos son buenos con... ¡Dios, son buenos con las yeguas! —murmuró con un puchero desesperado, pero la verdad era que en cierto punto no le quedó más remedio que sentarse junto a Michelle, hacer de tripas corazón, y animarla tanto como podía mientras ella intentaba tener a sus hijos.
Cinco horas después, y al borde de la desesperación más absoluta, mientras afuera estaba cayendo un verdadero diluvio, el silencio nervioso en aquella casa fue roto por el chillido estridente de un bebé recién nacido.

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