CAPÍTULO 80. El infierno
Quizás aquella no era la mejor forma de hacer las cosas, pero Elijah estaba tan frustrado que no se había puesto a pensar en las sensibilidades que podía herir al llevar a Josselyn a su casa. Era la que tenía, la otra Lynett la había incendiado, la había incendiado tratando de escapar de él…
Aquellos pensamientos atormentaban a Elijah un momento sí y otro también, como si los hechos, verdades y mentiras colisionaran en su cabeza a cada minuto.
—Esta es tu habitación —murmuró empujando la silla de ruedas hacia una de las habitaciones que daban al jardín, y por supuesto no había cometido el error de ponerla en la misma donde se había quedado Lynett porque… bueno, porque aunque no quisiera reconocerlo, era incapaz de ver a ninguna otra mujer acurrucada en aquel diván.
—¿Disculpa? —fue la respuesta de Josselyn y Elijah se detuvo en seco.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo que mi habitación, Elijah? —replicó ella—. Se supone que tenemos “nuestra” habitación. Somos marido y mujer ahora, jamás hemos dormido separados desde que estamos juntos. ¿Me vas a decir que empezaremos a dormir cada uno por su lado ahora que estamos casados? —lo increpó la mujer y Elijah se pasó una mano por el cabello porque ni siquiera lo había pensado.
—Yo… creo que es mejor que nos quedemos en habitaciones separadas de momento —replicó él—. Sabes que tengo mal dormir y a ti acaban de operarte, no te quiero lastimar.
—¡Pues esa es una justificación muy absurda, Elijah! —protestó ella—. ¡Solo tienes que ser cuidadoso! ¡Si no quieres dormir conmigo solo dímelo!
Elijah hizo una mueca de impotencia, pero trató de suavizar su voz para contestarle.
—No puedo ser delicado cuando duermo, Josselyn. Y la verdad no puedo quedarme despierto toda la noche porque necesito trabajar al día siguiente… todos los días siguientes —dijo con tono neutro antes de salir de la habitación para dirigirse a la suya.
Y si Josselyn había creído que aquel matrimonio tendría algo de verdadero, la realidad la golpeó de frente cuando empezó a encontrar cosas de Lynett por toda la casa.
El servicio debía ser exageradamente malo o estaban en su contra, porque cuando no encontraba una bufanda sobre una silla de la terraza, estaban en el salón sus flores favoritas, o en la radio de la cocina ponían alguna de esa música tonta que a ella le gustaba, o cuando Elijah pedía algo diferente le mandaban a pedir medio menú de aquella asquerosa comida china que solo a Lynett podía gustarle.
Sus días eran infernales y las noches no eran mejores, sobre todo porque Elijah se dedicaba exclusivamente a trabajar, comer y dormir, y por más que ella le asegurara que ya se sentía bien de la operación, él no mostraba ni el más mínimo interés en hacerlo en su cama.
—¿Vas a salir de nuevo? —lo increpó una de esas noches cuando lo vio pasar por el salón, con la expresión perdida y una gabardina de calle en la mano.
—¿Eh? —preguntó él distraído.
—¡Te pregunté si vas a salir de nuevo! —gruñó Josselyn con un gesto de molestia—. ¡Acabas de llegar prácticamente! ¡¿Solo te has duchado y ya vas a salir?!
Elijah se llevó dos dedos al puente de la nariz y respiró hondo porque parecía que cada vez que intercambiaban palabras, estas solo eran reclamos de Joss y evasiones suyas.
—Este… voy a tomar algo con Sebastian —respondió con sinceridad—. Tenemos algunos negocios de la empresa familiar que debemos hablar y vamos a…
—¿Y no pueden hablarlo aquí? ¡¿O qué?! ¡¿Sebastian no puede venir?! —siseó Joss.
—Sí puede, pero me invitó a…
—¡Claro, claro! ¡Porque no me quiere ver! ¡Por eso no viene! ¡Y no te atrevas a decirme que no es verdad, porque me acuerdo perfectamente de su cara el día de nuestra boda, Elijah! ¡Sebastian no quería que te casaras conmigo porque prefería a tu otra mujer! ¿No es así? —espetó y él apretó los puños en torno a la gabardina.

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