CAPÍTULO 79. Estaba destinado a pasar así
¿Para qué hacer el teatro?
Era una pregunta simple que ni siquiera merecía rondarle tanto tiempo en la cabeza, pero Elijah no dejaba de pensar en aquello en medio del cuarto vacío.
¿Para qué hacer el teatro de llevarse las cajas de música cuando era evidente que solo habían sido utilería de la puesta en escena?
Volvió a la habitación que había sido suya y vio el teléfono sobre la cama, ese tampoco se lo había llevado.
—Por favor, recojan todo —le dijo a la muchacha de servicio—. Toda la ropa, todo lo que era de Lynett, pueden quedárselo o donarlo o… no me importa, solo saquen lo que hay en este cuarto.
Por desgracia, olvidó que las cosas de Lynett no estaban solo en ese cuarto, pero Elijah no tenía cabeza para más, solo para meterse debajo de la ducha e intentar encajar que ahora era un hombre realmente casado y tenía una responsabilidad con Josselyn.
Estaba mordiéndose la lengua para no preguntar dónde se había ido Lynett o con quién. Y aquella tarjeta con el único dinero que sabía que tenía lo estaba torturando, porque eso significaba que realmente se había ido sin nada. ¿Por qué? ¿¡Por qué diablos había hecho eso?!
Y la verdad no era el único que se lo preguntaba. Kenneth McGregor, sentado en el suelo del enorme salón de su mansión, se preguntaba lo mismo mientras ayudaba a Lynett a embalar cuidadosamente cada una de aquellas cajas de música para poder meterlas en una gran caja de madera para transporte.
—¿Puedo preguntar por qué? —se aventuró escrutando la expresión pétrea de la muchacha.
Lynett se detuvo con la cinta adhesiva en las manos y negó.
—Lo siento, no quiero hablar de nada que tenga con Elijah Vanderwood —murmuró.
—No, no me refiero a eso. Sino a por qué dejaste el dinero de las acciones de tu padre. ¿No es tuyo? ¿Por qué no quieres usarlo? —insistió Kenneth y Lynett sabía que no lo preguntaba porque fuera un interesado con el dinero, sino porque consideraba que era suyo.
—Elijah abrió esa cuenta, está vinculada a la empresa así que la puede rastrear… Y no sé si pueda hacer otras cosas relacionadas con ella —sentenció—. Así que no voy a arriesgarme a usarla. Si voy a empezar de nuevo, entonces empezaré de cero. No quiero que nada de esto me persiga más de lo que ya lo hará.
Kenneth asintió despacio y terminó de ayudarla a guardar la última caja.
—Ya está listo. El avión sale en cuatro horas. Te llevaré a un lugar del que seguro te vas a enamorar. Te lo prometo —le dijo y la muchacha se levantó penosamente, pero rechazando cualquier ayuda.
—No tienes que venir, Kenneth. Yo puedo perfectamente…
—Ya sé que puedes —replicó él—. Pero te dije que te ayudaría. Te dije que cuidaría de ti y tú lo aceptaste a cambio de la indemnización por el accidente —le recordó muy oportunamente—. Así que, o me dejas pagarte, o me dejas cuidarte, tú decides.
Lynett respiró hondo intentando evitar las lágrimas, pero asintió con cansancio.

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