Inés supo que era Aurelio.
Su olor era demasiado familiar para ella, como si estuviera grabado en su ser.
—¿Por qué no llevas el vestido que te envié? —preguntó Aurelio.
Las pestañas de Inés temblaron. —¿Tú elegiste el vestido?
Aurelio hizo una pausa. Le había pedido a su asistente que lo eligiera, y este le había enviado fotos para que lo confirmara.
A él simplemente le pareció que el vestido era bonito y que el color resaltaba la piel de Inés.
Al pensar en eso, Aurelio bajó la vista hacia su cuello.
Tenía un cuello largo y esbelto, como el de un cisne, especialmente hermoso.
Su piel era impecable, con un ligero tono rosado.
La mirada del hombre se oscureció. —Sí.
Inés cerró los ojos con fuerza.
Así que lo había hecho a propósito.
Sentía como si un taladro le perforara el corazón. Cada respiración era dolorosa.
Quería preguntarle por qué, pero ¿de qué serviría?
Solo sería humillarse a sí misma.
Ya ni siquiera tenía ganas de insultar a Aurelio.
La decepción que sentía por él había llegado a su límite.
—¿Mañana tienes tiempo? —preguntó Inés, con una voz sin emoción.
Un destello de alegría cruzó los ojos de Aurelio.
Fue sutil, pero para él, era una gran muestra de emoción.
Sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa, pero se congeló al instante siguiente.
—Mañana vamos al registro civil.
A firmar el divorcio.
Una tormenta se desató instantáneamente en los ojos de Aurelio.
Podía estallar en cualquier momento.
La Inés que había visto hoy era muy diferente.
Hacía años que no la veía así.
La primera vez que la vio, cuando estaban en la escuela, fue en la fiesta de bienvenida para los nuevos estudiantes.
Inés dio el discurso como representante de los novatos y luego hizo una demostración en vivo del arte de la pintura interior en botellas.

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