Le dolía tanto que apenas podía respirar.
Inés respiró hondo varias veces para calmar esa angustia.
La puerta del baño se abrió.
Inés bajó la cabeza y se secó disimuladamente una lágrima.
La dama que entró se acercó al lavabo de al lado y empezó a lavarse las manos.
—Debes de estar muerta de hambre —escuchó la voz de Valeria, suave y agradable—. Ha sido un descuido por mi parte. Ven, te llevaré a comer algo.
Valeria miró a su alrededor y, aunque no había nadie, susurró como si fuera un secreto: —Algo que los demás no probarán.
Los ojos de Inés volvieron a humedecerse. Forzó una sonrisa. —Claro.
Inés siguió a Valeria hasta el ala de la casa donde vivía.
—Tienes la ropa mojada. Te he preparado un cambio, ve a ponértelo —dijo Valeria, entregándole un vestido—. Este no es tan lujoso como el que llevas, pero también te sienta muy bien.
Inés asintió. —Vale, gracias.
Valeria la llevó a una habitación de invitados.
Una vez cerrada la puerta, Inés miró el vestido que tenía en las manos.
Una amiga a la que apenas conocía la trataba con más dignidad que Aurelio.
Inés respiró hondo, conteniendo las lágrimas.
No se demoró. Se cambió rápidamente y salió, pero entonces vio a un hombre que se alejaba a toda prisa.
Valeria estaba sentada en el sofá, desplomada, con la cara entre las manos.
Parecía desolada.
Inés reconoció a aquel hombre: era el marido de Valeria, Manuel Fonte.
Se retiró en silencio, dándole a Valeria un poco de espacio.
La vida en la alta sociedad no era un camino de rosas.
Que un matrimonio se tratara con respeto ya era mucho pedir; el amor era casi un milagro.
A Inés le volvió ese dolor al corazón.
¿Acaso no era lo mismo con ella y Aurelio?
El teléfono vibró. Inés se secó una lágrima, lo sacó y vio que era un mensaje de Aurelio: «¿Dónde estás?»

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