A Bianca le dio un vuelco el corazón.
Por la noche, Aurelio la había llevado al hospital y se había quedado con ella todo el tiempo, preocupado por su estado.
No había mencionado por qué estaba en Mirador Florencio, así que ella había asumido que él lo consentía.
Pero no se esperaba que, en mitad de la noche, él apareciera de repente solo para preguntarle eso.
Bianca ya tenía una respuesta preparada y dijo, sin pestañear: —Aurelio, vives solo allí, sin siquiera una empleada. Estaba preocupada por ti. Fui a ver cómo estabas, quería ayudarte a ordenar un poco.
El rostro de Aurelio no cambió. Era imposible saber si le creía o no.
Se quedó mirándola en silencio. Un momento después, bajó la vista hacia unas pantuflas de color rosa pálido que estaban al lado de la cama.
Le resultaban vagamente familiares, pero supuso que todas las pantuflas de mujer se parecían.
Aurelio no les prestó más atención y volvió a mirar a Bianca. —En tu estado, no deberías hacer tareas domésticas. No te preocupes más por eso.
Bianca se sintió muy incómoda. ¿Eso significaba que no quería que fuera a Mirador Florencio?
Pero mantuvo una sonrisa en la cara. Justo cuando iba a decir algo, su mirada se detuvo.
En el cuello de la camisa de Aurelio, parecía haber un pelo largo enredado en un botón.
La sonrisa de Bianca se congeló. Ese pelo...
No era suyo. Su pelo era castaño.
Negro... entonces era de Inés.
¿Se habían visto?
¿Aurelio había salido antes para buscar a Inés?
Al pensar en eso, la ira se apoderó por completo del corazón de Bianca. Sus ojos se enrojecieron de repente.
—¿Estás enfadado porque fui a Mirador Florencio? —La voz de Bianca sonaba ahogada, como si contuviera las lágrimas—. ¿Es porque a Inés no le gustó? Ya sé que no le caigo bien. Pero ya me pegó, ¿no debería haber desahogado ya toda su rabia?
Aurelio frunció ligeramente el ceño.

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