—Ine, no le puedo quitar la mancha al vestido —dijo Erisa, que ya lo había intentado todo sin éxito.
Inés lo miró. Por suerte, la mancha estaba en la parte de abajo del dobladillo. Lo necesitaba para la noche siguiente y no tenía dinero para alquilar uno nuevo.
—No te preocupes, le cortaré un trozo. Con eso bastará por ahora.
Inés se puso a arreglar el vestido. Erisa la ayudó un rato, pero no tardó en empezar a bostezar.
Había estado trabajando en un proyecto grande esos días y no había dormido casi nada.
—Risa, vete a dormir. Ya queda poco, puedo terminarlo yo sola —le dijo Inés, conmovida al verla tan cansada.
—No pasa nada, todavía aguanto —contestó Erisa, y soltó otro bostezo. Inés la empujó suavemente hacia la puerta de su cuarto.
—Bueno, está bien. Pero termina rápido y acuéstate pronto tú también —dijo Erisa antes de entrar en su habitación.
Inés bajó la cabeza y siguió trabajando. De vez en cuando, sentía un dolor agudo en la muñeca. Se puso una muñequera, pero el alivio fue mínimo.
Cuando por fin terminó, soltó un suspiro de alivio. La muñeca le dolía tanto que la sentía adormecida. Inés la sacudió un poco y levantó el vestido para revisarlo.
Podía servir. Sus puntadas eran finas y, si no te acercabas mucho, casi no se notaban.
Lo dobló con cuidado, pero antes de que pudiera guardarlo en una bolsa, sonó el timbre de la puerta principal.
Le siguieron unos golpes apresurados.
Inés se asustó. Pasaba de la medianoche, ¿quién estaría aporreando la puerta así?
Se acercó de puntillas y miró por la mirilla digital. Se quedó helada.
¿Aurelio?
—¡Inés, sé que estás ahí, abre la puerta! ¡O la echo abajo!
La voz de Aurelio estaba cargada de ira.

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