Aun así, la gente seguía acercándose en tropel.
Alejandro se bebió media copa de vino, muy molesto. —¿Acaso están ciegos? ¿Por qué siguen halagando a un peón olvidado?
—Señor Belmont, algunos dicen que tarde o temprano Aurelio recuperará lo que es suyo.
—Claro, está dispuesto a ser vicepresidente con tal de quedarse, todo porque no puede renunciar a la riqueza de los Belmont.
—Esa gente valora su capacidad y creen que ascenderá tarde o temprano, por eso…
Las voces se mezclaban, pero las palabras quedaron a medias cuando recibieron la mirada asesina de Alejandro y todos se callaron.
El señor Castillo se acercó con Ivana Castillo. —Señor Belmont, cuánto tiempo. Ivana, saluda.
Las mejillas de Ivana se sonrojaron mientras miraba tímidamente a Aurelio. —Hola, Aurelio.
Aurelio vio al señor Castillo y su mirada se posó en Ivana por un momento.
En estos años, Ivana se había recuperado muy bien. De ser una joven enfermiza que apenas podía caminar, se había convertido en una mujer esbelta y elegante.
Después de un año y medio de recuperación, volvió a la universidad y, tras graduarse este año, entró a trabajar en la empresa de su padre.
No era de extrañar que el señor Castillo adorara a su hija: era guapa, dulce, inteligente y despierta.
En solo seis meses en la empresa, ya había participado en un gran proyecto, un proyecto en el que colaboraba con Aurelio.
Gracias a este proyecto, a pesar de ser solo vicepresidente, Aurelio había vuelto a ganarse el favor de la junta directiva.
Aurelio miraba a Ivana sin pestañear, pensando que si Inés hubiera recibido ese trasplante de médula, quizás también habría podido vivir así de bien.
Ivana no sabía lo que él pensaba. Como cualquier chica joven, se sintió cohibida bajo su intensa mirada, sus mejillas se arrebolaron aún más y se mordió el labio inferior.
—Vaya, vaya, qué carita de timidez. Señor Castillo, ¿a su hija también le gusta mi primo Aurelio? —La voz estridente de Alejandro interrumpió la escena.

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