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Llorarás sobre mi tumba: La muerte fue mi única salida romance Capítulo 27

Inés soltó una risa amarga y burlona.

¿Cómo pudo haber pensado que a Aurelio le importaría, que se preocuparía por ella?

¿Que tomaría en serio sus palabras?

Durante todos esos años, ¿acaso le había mostrado una cara amable, excepto en la intimidad?

Así es, para él, ella no era más que una mujer calculadora que se aprovechaba de la gratitud de su abuela y fingía marcharse para llamar su atención.

Esa abrumadora sensación de humillación la invadió de nuevo.

Se levantó de un salto, y en el forcejeo, presionó sin querer la mano herida de Aurelio.

El hombre soltó un quejido.

Las pupilas de Inés se contrajeron. Por un instante, su instinto fue acercarse a ver cómo estaba, pero justo cuando iba a dar un paso, la razón la detuvo.

No seas tonta, Inés. A él no le importa si vives o mueres, ¿por qué te preocupas tú por él?

¿Para que siga pensando que eres alguien a quien puede manejar a su antojo?

Con voz fría, Inés dijo: —Busquemos un momento mañana para ir al registro. Hay un plazo de espera. Cuanto antes iniciemos los trámites, antes terminaremos con esto.—

Si esperaba más, a su amada ya se le notaría la barriga.

Dicho esto, se dio la vuelta para marcharse.

—¿Ya te cansaste de estar conmigo, Inés?— La voz del hombre sonaba gélida.

Inés se detuvo y se giró para mirarlo. Sintió como si una mano gigante le estrujara el corazón, a punto de hacerlo pedazos.

El que estaba en falta era él, pero al final, la culpa recaía sobre ella.

¿Por qué?

—Aurelio, ¿no puedes ser un poco más honesto?— La voz de Inés sonaba acelerada.

Se había repetido a sí misma que debía mantener la calma, pero su corazón era de carne y hueso, y le era imposible.

Al fin y al cabo, era el hombre al que había amado durante toda su juventud.

Lo que le costaba dejar ir no era al hombre en sí, sino a todo el amor sincero que una vez le había entregado.

—¿Y tú, Inés? ¿Eres honesta?—

Inés se quedó perpleja. —¿Qué quieres decir?—

Aurelio se recostó lentamente en el respaldo de la silla, levantando ligeramente la barbilla con la arrogancia de quien se sabe superior.

La ternura de hacía un momento parecía haber sido una ilusión de Inés.

—¿Por qué tanta prisa por divorciarte? ¿Quién te está esperando?—

La vergüenza la consumió. ¿Tenía que echarle la culpa a ella?

El pecho de Inés subía y bajaba con agitación. Por un momento, todo se volvió negro y se tambaleó, apoyándose en la pared para no caer.

A menudo se preguntaba si no sería por todos los disgustos que había soportado que había acabado enfermando.

Inés cerró los ojos y, tras un largo silencio, dijo con voz ronca: —Fui yo la que se equivocó, Aurelio. No debí haberme enamorado de ti, no debí casarme contigo. Creí que el tiempo lo curaría todo, pero resultó ser solo una fantasía mía. Dejémoslo así, terminemos con esto, ¿por favor?—

Más que una súplica, sus palabras sonaban a la fría resignación que sigue a la desesperanza.

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