La mano de Inés le hormigueaba por el impacto.
Su pecho subía y bajaba con furia.
La mandíbula de Aurelio se tensó, como si estuviera conteniendo algo. Tras una pausa, giró la cabeza para mirar a Inés.
—Necesitas estar tranquila por tu salud, no te enojes.
Inés soltó una risa cargada de ira. —Por un lado dices que quieres reconciliarte conmigo, y por otro continúas haciéndome daño. Aurelio, eres increíble.
Cerró la puerta de un portazo y echó el cerrojo.
Se apoyó en la puerta y se deslizó lentamente hasta el suelo.
El frío de la madera y el piso le helaron el cuerpo. No sabía cuánto tiempo más duraría la locura de Aurelio.
Miró a su alrededor, a las cuatro paredes.
Lo que antes era un hogar lujoso y sofisticado, ahora, a sus ojos, no era más que una jaula dorada.
Hundió los dedos en su cabello y tiró con fuerza. La sensación de tirantez en el cuero cabelludo le devolvió un atisbo de claridad.
El teléfono sonó, mostrando un número desconocido.
El párpado de Inés comenzó a temblar. Un mal presentimiento la invadió.
Cuando vio la foto que le enviaron, se quedó helada. Sus dedos temblaron y el teléfono cayó al suelo con un ruido sordo.
Las lágrimas llenaron sus ojos al instante, nublándole la vista.
Recogió el teléfono a toda prisa, se secó los ojos bruscamente y a duras penas logró enviar un mensaje: «¿Quién eres? ¿Qué quieres?».
El mensaje quedó sin respuesta, como una piedra en el fondo del mar.
Inés esperó y esperó, sintiendo el corazón arder como si estuviera sobre un volcán.
No se atrevía a abrir la foto de nuevo, pero si no lo hacía, temía perderse alguna información importante.
En el momento en que abrió la imagen, cerró los ojos de golpe. Un dolor inmenso le desgarró el corazón.

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