Inés se quedó rígida, inmóvil.
Si subía a ese coche, ¿no se convertirían todos sus esfuerzos en una broma?
Al ver que no se movía, el rostro del hombre se endureció aún más, como si su paciencia se hubiera agotado.
—¿Quieres que te suba yo?
Sabía lo que le esperaba.
Si Aurelio era capaz de proponer algo tan inhumano, ¿cómo podía esperar que fuera tierno con ella?
Pero se sentía tan humillada.
¿Por qué él podía reconocer a Bianca en público y darle acciones,
mientras a ella la mantenía oculta, como un secreto, para que le diera un hijo?
Sus manos, a los lados de su cuerpo, se cerraron en puños, las uñas clavándose en las palmas hasta perforar la piel. El dolor le devolvió un atisbo de cordura.
Pensó en la madre de Erisa, en las manos de Daniel, que casi habían quedado destrozadas.
¿Acaso tenía otra opción?
Los errores que cometió, el hombre equivocado que eligió… ¿acaso debían pagarlos sus amigos?
No era justo.
Inés respiró hondo, abrió la puerta del coche y subió.
Cuando Aurelio vio en sus ojos una determinación suicida, una furia inexplicable se apoderó de él.
Levantó la mano, le sujetó la barbilla, la atrajo hacia él y la besó.
Más que un beso, fue como si la estuviera devorando.
Inés apoyó las manos en su pecho, mientras unas lágrimas involuntarias se acumulaban en el rabillo de sus ojos.
El chófer seguía conduciendo, e Inés se sintió profundamente humillada. Intentó apartarse, apoyándose en el hombro de Aurelio.
—En casa, ¿podemos?
Su voz sonaba cargada de un profundo cansancio, lo que la suavizó, dándole un matiz casi suplicante.
La respiración de Aurelio era irregular. Al oír su tono, la furia en sus ojos se atenuó visiblemente. Extendió la mano y pulsó un botón.
El separador de la cabina se elevó lentamente.
El asiento trasero se convirtió en un espacio cerrado y privado.

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