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Llorarás sobre mi tumba: La muerte fue mi única salida romance Capítulo 139

Inés esbozó una sonrisa fría. —Bianca, ¿no te advertí ya? Si vuelves a molestarme, me aseguraré de que tu hijo no nazca.

Bianca se quedó sin palabras, se mordió el labio y miró a Aurelio.

—¡Inés! —Aurelio agarró a Inés por el brazo—. Ven conmigo.

Bianca intentó seguirlos para detener a Aurelio; no quería darle la oportunidad de estar a solas con Inés.

Pero apenas dio unos pasos, Eduardo se interpuso en su camino.

—Señorita Verona, permítame acompañarla al restaurante.

Bianca se mordió el labio. —Quiero esperar a Aurelio.

—Señorita Verona, el presidente fue claro: la condición para que usted reciba las acciones es que sea obediente —dijo Eduardo con una sonrisa, pero su tono era una clara amenaza.

Bianca se sintió frustrada. ¿Quién se creía un simple asistente para darle órdenes?

Pero Eduardo era diferente. Era el perro fiel de Aurelio, y sus palabras eran las de Aurelio.

No se atrevió a oponerse, al menos no por ahora.

Bianca fulminó a Eduardo con la mirada. Tarde o temprano, se convertiría en la señora Belmont, y lo primero que haría sería despedirlo.

Inés fue arrastrada por Aurelio, tropezando un poco.

Justo al entrar por la puerta, casi resbala y cae.

Sintió una mano firme en su cintura; Aurelio la había sujetado al instante.

En cuanto recuperó el equilibrio, se apartó rápidamente de su abrazo.

La mano de Aurelio quedó en el aire, y sintió una punzada de desilusión.

Al ver su actitud de querer marcar distancia, Aurelio soltó una risa fría. —¿Tanta prisa por esperarme en la puerta y ahora armas este escándalo?

Inés apretó los labios. Era como si la acusara de jugar a hacerse la difícil.

Pero no tenía ganas de discutir con él. —¿Dónde metiste a Daniel?

Aurelio se quedó perplejo. Claramente, no esperaba que le dijera algo así.

Pensaba que le preguntaría por qué Bianca había vuelto al país.

O por qué había aparecido en la junta directiva.

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