Al salir del apartamento de Inés, Erisa subió a su coche y la llamó.
—Ine, ya te he arreglado la casa y te he cogido algo de ropa para cambiarte. Te la llevo en un rato.
La voz de Inés sonaba débil.
—Gracias, Risa.
Erisa sintió un nudo en la garganta.
—No tienes que agradecerme nada. Por cierto, Aurelio vino a buscarte antes. Lo despaché. Le dije que te habías ido de viaje.
Los padres de Erisa vivían en un pueblo muy cerca de Santa Marina.
Aunque eran padres adoptivos, la querían mucho. No solo le habían ayudado a pagar la entrada de su apartamento en Ciudad de Corte, sino que también le habían prometido que vendrían a cuidarla cuando tuviera hijos.
Erisa insistió y arregló que Inés se quedara en casa de sus padres para recuperarse.
La casa de sus padres era una construcción de dos plantas. Inés se alojaba en el piso de arriba, donde no sería molestada.
Además, la madre adoptiva de Erisa había trabajado como enfermera de maternidad en su juventud, así que tenía experiencia.
Inés no se negó.
Ahora necesitaba recuperarse para la cirugía que le esperaba.
Claro que, por otro lado, también era porque no quería ver a Aurelio.
Aunque no era seguro, si Aurelio la encontraba, solo empeoraría su estado de ánimo.
—No te preocupes por él —dijo Inés con indiferencia, como si Aurelio fuera alguien sin importancia.
—Vale, tú descansa. Ahora voy a llevarte tus cosas —dijo Erisa antes de colgar.
Salió en coche de la urbanización y, justo cuando se disponía a tomar la autopista, miró por el retrovisor.
«Qué raro, ese coche de atrás parece que me está siguiendo».
Erisa, recelosa, cambió de dirección y se dirigió al estudio de Daniel.
Efectivamente, el coche la siguió.
Erisa aparcó frente al estudio de Daniel, cogió su bolso y entró.
En cuanto llegó al despacho de Daniel, le dijo con cautela:

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