Aurelio miraba el informe que tenía en la mano. Todos los valores eran normales, la salud de Inés era perfecta.
En la pantalla del ordenador estaba la grabación de seguridad que había buscado, con la imagen congelada en una escena de Inés comiendo.
Durante los tres meses que él no estuvo en casa, la empleada que le cocinaba lo hacía sin ganas, a veces preparándole solo una bolsa de patatas fritas.
Recordó lo pálida que se veía Inés y, cuando la abrazó la noche anterior, estaba tan delgada que era puro hueso y se le sentían hasta las costillas.
«Así es como ha arruinado su salud», pensó Aurelio.
Inés no durmió bien esa noche.
Soñó con Aurelio, que no dejaba de mirarla con una cara fría.
No importaba si ella lloraba, intentaba complacerlo o incluso si le hacía una escena, él solo la trataba con indiferencia, sin siquiera mirarla.
Igual que en los últimos cinco años, como si ella fuera invisible.
En el sueño, Inés se sentía asfixiada.
Solo se había enamorado de alguien, ¿acaso había cometido un pecado mortal?
Aurelio regresó a la habitación a las cuatro de la madrugada. Con la luz grisácea del amanecer que entraba por la ventana, vio el ceño fruncido de Inés y las marcas de lágrimas casi secas en sus mejillas.
Parecía que había llorado varias veces; una capa de lágrimas se secaba y otra nueva la cubría.
Aurelio frunció levemente el ceño y, con cuidado, se acercó, levantó la manta y se metió en la cama.
Con mucho cuidado, la rodeó con sus brazos.
—Aurelio...
El hombre se detuvo un instante y bajó la mirada para observarla.
Todavía tenía lágrimas en las pestañas, luciendo frágil y desdichada.
—Dime —respondió él por inercia, aunque sabía que Inés estaba hablando en sueños.
Pensar que incluso en sus sueños ella pensaba en él pareció mejorar un poco el mal humor que lo había acompañado toda la noche.
Inclinó la cabeza y frotó con cuidado la punta de su nariz contra la mejilla de ella.
La sintió fría y húmeda.
—Te odio...
Los movimientos de Aurelio se detuvieron.
La mano que descansaba en su cintura se apretó ligeramente.
...
Cuando Inés despertó, el sol ya estaba alto.
No recordaba cómo se había desmayado el día anterior.

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