Le resultaba casi imposible de creer.
Nelson asintió, y el auto avanzó lentamente hacia el interior del complejo.
El entorno era evidentemente exclusivo.
Ivana miró las elegantes casas independientes y sintió un nudo de ansiedad.
Ella, una «pobre diabla» recién graduada que además había perdido la memoria, ¿cómo demonios podía pagar la renta en un lugar así?
—La renta aquí debe ser una fortuna, ¿verdad?
Aunque sabía que tenía seis millones en el banco, no estaba acostumbrada a derrochar el dinero.
Nelson, percibiendo su inquietud, le dijo la verdad:
—No te preocupes por la renta, es económica. Le alquilaste esta casa a Gilda Mayén, la hermana de Silverio Mayén.
»¿Te acuerdas de Gilda, verdad? Ella casi nunca viene por aquí, y como la casa estaba vacía, te la dejó a un buen precio.
Si era franco, a Nelson le revolvía el estómago mencionar a Silverio y a Gilda. Odiaba desde lo más profundo de su ser que Ivana tuviera algún tipo de contacto con esos hermanos.
Uno vivía obsesionado con ella y la otra se la pasaba convenciéndola de que le pidiera el divorcio. ¡Un par de alimañas!
Pero no le quedaba otra opción. Ivana los conocía desde mucho antes que a él, y no los había borrado de su memoria.
Ellos formaban parte de su pasado, y por mucho que intentara bloquearlos, le resultaba imposible, así que lo mejor era seguirle la corriente.
Ivana asintió, pensativa.
Como se trataba de la casa de una conocida, tenía sentido que le hubiera cobrado menos.
Nelson buscó entre las calles por un par de minutos hasta que finalmente detuvo el auto.
—Llegamos, estoy casi seguro de que es esta.
Estacionó, y ambos bajaron del vehículo.
Ivana se acercó primero a la puerta principal y, al ver la cerradura digital de seguridad, se quedó congelada.
¿Cuál se suponía que era la contraseña?
Suspiró resignada y probó a teclear el código que usaba para casi todo.
La luz roja parpadeó, marcando error.
Empezó a sentir pánico e intentó con otra combinación.
—¡Seguro fui yo quien se lo dijo! Al parecer, el Doctor Zavala y yo éramos bastante unidos en el pasado.
Habló en voz baja, con una cálida sonrisa asomándose en sus labios.
Nelson parpadeó, y al ver esa confianza tan pura e incondicional, sintió cómo una cuerda se tensaba en su interior.
Era precisamente porque ella no recordaba nada que podía actuar de esa manera.
No quería arruinar ese momento tan especial. Con la voz un tanto ronca, le respondió:
—Así es, éramos muy unidos.
Empujó la puerta de la casa y ambos entraron uno tras otro.
Una atmósfera ajena los recibió.
Ivana se cambió los zapatos en la entrada y miró a su alrededor con curiosidad, encontrando todo completamente desconocido.
Hasta que su vista aterrizó en una esquina de la sala, sobre una estación de trabajo blanca, fabricada a la medida.
Allí descansaba un dron de carreras negro, de categoría profesional, rodeado por baterías de repuesto, el control remoto y diversas herramientas de ajuste perfectamente acomodadas.
Al ver eso, los ojos de Ivana brillaron de emoción.

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