Nelson dejó la comida sobre la mesa, le pasó un recipiente con fruta recién picada y le respondió en un tono muy relajado:
—Nadie importante. Un idiota del pasado que no sabe cuándo rendirse. ¡Ni le prestes atención!
Ivana probó un bocado. Estaba dulce; era justo de las frutas que más le gustaban.
Aunque no recordaba lo que había pasado antes, ¡estaba claro que el Dr. Zavala la conocía a la perfección!
Sintió una cálida tranquilidad en el pecho, así que asintió con la cabeza, dejó de hacer preguntas y continuó disfrutando de esa agradable tarde.
Nelson la observaba. Verla tan relajada y sin defensas ante él lo llenaba de un silencioso alivio.
Le daba gracias al cielo de que ella hubiera perdido la memoria.
De que hubiera olvidado a las personas que la lastimaron y los momentos desagradables de su pasado.
En realidad, que las cosas estuvieran así, no estaba nada mal.
***
Cuando Yadira llegó a la Calle de San Rafael, se bajó del auto casi tambaleándose.
Aunque la pantalla de su celular estaba apagada, no podía borrar de su mente el rostro repulsivo de Gregorio Milla.
Sentía cómo los escalofríos le recorrían la espalda una y otra vez, poniéndole la piel de gallina.
En ese momento, necesitaba desesperadamente consuelo, algo cálido que pudiera ahuyentar la oscuridad que se cernía sobre su corazón. Por puro instinto, fue directo a la habitación del pequeño Jaime.
Era su único refugio en este mundo tan cruel.
Justo antes de llegar a la puerta, Yadira escuchó risas infantiles provenientes del interior y detuvo su andar.
En lugar de entrar de inmediato, empujó la puerta solo un poco, dejando una rendija.
Vio a Jaime sentado al borde de la cama. Tenía una tableta en las manos y, en la pantalla, se veía el rostro sonriente de Doña Daniela.
—¡Ay, mi niño precioso! ¿Extrañas a tu bisabuela?
La voz de Doña Daniela derramaba cariño, y tenía los ojos entrecerrados por la alegría.
—¡Sí! ¡Jaime la extraña mucho!
El niño respondió con su dulce vocecita, mientras abrazaba un Transformers que acababa de armar.
Afortunadamente, Doña Daniela pareció hacer el comentario al aire y no le dio mayor importancia. Se despidió con una sonrisa.
—Bueno, ya no hablo más, mi amor. Tu bisabuela no te quita más tiempo, ve a descansar. ¡Nos vemos, Jaime!
—¡Adiós, bisabuela!
La llamada finalizó.
Jaime dejó la tableta a un lado y siguió jugando con su muñeco como si nada.
Afuera, Yadira se apoyó contra la fría pared. Le zumbaban los oídos.
Sí... ¡Jaime se parecía cada vez menos a Nelson!
Los niños crecen rápido y sus facciones cambian drásticamente. Por ahora, solo eran los ojos, pero ¿y después?
La nariz, la boca, la forma de la cara...
Con el tiempo sería cada vez más evidente, y tarde o temprano todos se darían cuenta.

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