Tras el sonido de la puerta cerrándose, lo único que quedó en la habitación fue la respiración agitada de Ivana.
Esa sensación de asfixia comenzó a disiparse con la partida de Nelson.
Ivana se mantuvo dándole la espalda a la puerta, acurrucada en posición fetal.
Un momento después, cuando estuvo segura de que esos pasos pesados no regresarían, abrió los ojos lentamente.
En el fondo de su mirada ya no estaba esa firmeza y frialdad con la que había enfrentado a Nelson; solo había un abismo de desolación.
Se bajó las cobijas con cuidado y tomó una profunda bocanada de aire fresco.
No sabía cuánto tiempo había estado Nelson allí, pero parecía que su olor se había impregnado en la habitación: esa mezcla fresca de colonia y desinfectante de hospital.
Antes, ese era el aroma que más amaba.
Cada vez que se recostaba en su pecho, sentía una paz absoluta.
Pero ahora, ese olor era como una soga invisible que le apretaba el cuello y no la dejaba respirar.
«¿Empezar de cero?»
Ivana murmuró esas palabras mientras una sonrisa amarga se dibujaba en sus labios.
Esa frase debería haber estado llena de esperanza. Llevaba cuatro años aferrándose a ella.
Había buscado por cielo, mar y tierra la forma de limpiar su nombre para demostrarle a Nelson que ella jamás empujó a Yadira el día de la boda.
Pensaba que, cuando todo se aclarara, podrían dejar el pasado atrás y empezar de cero.
Esa promesa había sido su salvavidas durante los últimos cuatro años.
Se había alimentado de esa ilusión, pero ahora que la tenía al alcance de la mano, ya no le sabía a nada.
Es triste cómo cambian las cosas. Al final, nada resulta ser como lo imaginaste al principio.
Decirlo sonaba muy fácil, pero, ¿cómo iban a empezar de cero?
¿A partir de qué momento?
¿Desde aquel Día de San Valentín cuando corrió bajo la tormenta hacia el hospital para decirle que estaba embarazada?
De lo único que estaba segura era de que no quería seguir atada a Nelson.
El divorcio no era solo para escapar de él, era para salvarse a sí misma.
Durante los años que duró ese matrimonio, se había transformado en alguien que ni ella misma reconocía.
Soltarlo era, sin duda, la mejor decisión para los dos.
El cielo afuera empezó a oscurecer. Ivana cerró los ojos y sepultó toda su vulnerabilidad y dolor en lo más profundo de su ser.
Cuando finalmente se quedó dormida, Gonzalo llegó apresurado con un grupo de especialistas.
Nelson ya estaba al tanto y llevaba un rato esperando.
El nuevo antídoto, correspondiente a la segunda fase del tratamiento, por fin estaba listo.
Tras una revisión minuciosa, Gonzalo en persona inyectó lentamente el medicamento en la vena de Ivana.
El ambiente estaba cargado de tensión. Todos cruzaban los dedos esperando que funcionara, aterrorizados de que volviera a ser otro intento fallido.

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