—¡Al Hospital General Central, pisa el acelerador!
Nelson iba en la parte trasera del auto, apretando los puños con tanta fuerza que le crujían los nudillos.
¡Pensó que aquel día había ocurrido alguna conspiración, que alguien había boicoteado a Ivana a propósito!
Pero jamás se imaginó que la verdad fuera tan...
¡La habían humillado hasta hacerla huir!
¡Su propia mujer había sido obligada a irse de un hospital público tras recibir los peores insultos de un excompañero suyo!
¿Desde cuándo Ivana era una amante? ¡Cuando empezó a salir con ella, él ya había cortado con Yadira!
¿Cómo que era una mujer malvada que hizo todo por dinero? ¡Él fue quien se arrastró para pedirle matrimonio!
Si no trabajaba era porque seguía enferma del estómago por su culpa, ¡no porque fuera una mantenida!
¡Era una de las mejores graduadas de la universidad, claro que podía mantenerse sola!
—¡Más rápido! —rugió Nelson. En ese momento, solo quería asesinar a Cristián Jurado.
Al llegar a la entrada del Hospital General Central, Nelson abrió la puerta antes de que el auto se detuviera por completo y caminó a zancadas hacia el quinto piso.
Sus guardaespaldas lo seguían de cerca. Cuando encontró el consultorio, cerraron el pasillo y bloquearon la vista de cualquier curioso.
—¿Dónde está Cristián Jurado?
La voz de Nelson parecía calmada, pero su rostro congelado aterró a la enfermera de la recepción, que señaló temblando el consultorio número 3.
Sin mediar palabra, Nelson pateó la puerta.
Cristián estaba escribiendo un historial médico en su escritorio y dio un salto en la silla por el estruendo.
—Ese día... ¡Yo no le dije nada del otro mundo! Solo dije la verdad, que era una mala persona, que no te llegaba a los talones, que se metió en tu relación.
Cristián se hizo la víctima.
—¡Todo el mundo dice lo mismo! ¡No fui el primero en decirlo!
Como le tenía pánico a Nelson, no se atrevió a devolver el golpe. Pero su ego de hombre estaba herido, así que levantó la voz.
—¡Nelson, no es la primera vez que escuchas esas cosas! En las reuniones de exalumnos, ¡todos hablábamos de eso!
—¡Y cada vez que lo hacíamos, tú solo te reías! ¡Nunca defendiste a esa mujer! ¡Por eso pensé que no te importaba, creí que pensabas igual que nosotros!
—Si te molestaba tanto, ¿por qué no hiciste nada antes? ¡Si hubieras explotado una sola vez, nadie se habría atrevido a abrir la boca!
Las palabras de Cristián cayeron como baldes de agua fría sobre Nelson, y el puño que tenía levantado en el aire se congeló.

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