El director de turno y los guionistas que estaban cerca no se atrevieron a decir ni una palabra. Después de todo, la protagonista había sido impuesta directamente por el director Milla.
Leonor revisó el cronograma de grabación. Esa tarde estaban programadas las escenas de acción. Sus ojos brillaron con malicia y una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.
Ya que había personas que no conocían su lugar, ¡ella no tendría problema en darles un pequeño empujón!
Después del almuerzo, comenzaron las coreografías de combate.
Al menos Yadira, con su formación como bailarina, logró seguir el ritmo en las tomas grupales. Sin embargo, recordando el desastre de la mañana, el director decidió dejar todas sus escenas individuales para la noche.
¡No iba a permitir que toda la producción perdiera otro día entero por su culpa!
Así, cuando cayó la noche y el resto del equipo se fue a casa, Yadira se quedó sola en el set con un equipo reducido. Era su primer día, la presión la aplastaba y estaba exhausta hasta los huesos.
Pero se aferró a su orgullo. Había luchado demasiado por ese papel; no podía irse a casa temprano.
—¡Corte! Yadira, tu emoción está mal. El hombre que tienes enfrente acaba de asesinar a tu padre. Deberías estar furiosa, imponente, ¡no parecer un ratón asustado! ¡Vamos de nuevo!
Poco después, el director volvió a gruñir.
—¡Corte! Yadira, ¿qué te pasa? Ya repasamos tus posiciones, ¿por qué te quedas parada como un tronco? ¡Di tu línea!
Dos tomas más tarde, el director estaba tan furioso que arrojó el guion al suelo.
—¿Acaso dejaste el cerebro en tu casa? ¿Eres un organismo unicelular que no puede hacer dos cosas a la vez? Cuando por fin logras poner una expresión decente y recordar tu línea, te olvidas de caminar. Eres una...
El director estuvo a punto de soltar una grosería, pero se contuvo al recordar que era una mujer.
Yadira estaba empapada en sudor frío. Cuanto más nerviosa se ponía, más errores cometía, y cuanto más se equivocaba, más la consumía el pánico.
Aun así, tragó su orgullo y se disculpó repetidas veces.
—Lo siento, director. Déjeme intentarlo una vez más, ¡lo haré mejor!
En realidad, además de su falta de experiencia, había algo más que le impedía concentrarse. Algo que le taladraba la mente.
Al día siguiente era 25.
¡El día de la boda de Nelson Zavala!

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