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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 510

Esa duda echaría raíces y crecería en su mente como si fuera una semilla.

A lo mejor, en un futuro, cada vez que mirara a Ivana, inevitablemente pensaría: ¿Acaso me estará mintiendo otra vez?

Si algún día llegaran a tener hijos, ¿podría no evitar dudar de si realmente eran suyos?

Esto, ciertamente, era una preocupación muy grande.

Sin embargo, ¿y si lo hiciera?

Nelson cerró los ojos, casi no atreviéndose a pensar en las consecuencias.

¿Y si llegaran a realizar las pruebas de forma oficial y resultara que el niño seguía sin ser suyo?

La preocupación se transformaría en un callejón sin salida.

Ese par de pensamientos se enfrentaban furiosamente en su cabeza, lo que le provocaba tanto dolor como conflictos internos.

—¡No es necesario! —afirmó Nelson de pronto con voz fría—. Para mí no cambiaría nada.

De cualquier forma, habían perdido al bebé.

Federico quedó estupefacto.

Viendo a Nelson, rebosante de incredulidad.

—¿Estás seguro?

Un destello de pánico apareció en los ojos de Nelson, pero al final solo dijo:

—Se lo preguntaré directamente cuando despierte.

Esa vez, Federico se quedó en silencio.

Como su amigo de toda la vida, conocía demasiado bien a Nelson.

Sabía que no se trataba de cuánto creía en Ivana, solo estaba asustado.

Temía que aquel resultado fuera verdad.

Temía que, si resultara cierto que el hijo no era suyo, fuera a perder por completo a Ivana.

¡Solo temía perderla, pero no creía en ella!

Federico suspiró y dejó de presionarlo.

—Ya que tomaste una decisión, entonces yo ya no tengo más que decir.

Nelson agarró aquel informe y lo desgarró en varios pedazos usando ambas manos con fuerza.

—Que este asunto no salga de aquí.

Viendo los trozos de papel tirados por el suelo, Federico asintió.

Él parecía una burla.

Acariciándose violentamente el rostro, levantó la mano para limpiar sus lágrimas.

Después, exhaló profundamente, tratando de apaciguar su mente.

Nelson se incorporó con rectitud, desempolvó sus ropas y dio media vuelta para emprender el camino de regreso.

Recién llegado frente a la habitación, distinguió a una persona.

Llevando una espléndida canasta de frutas en su mano y una chispa de rabia incipiente en su semblante, Yadira se encontraba frente a la puerta, discutiendo con un par de guardias de seguridad.

—...¡Déjenme entrar, soy amiga de su jefe! ¡Solamente he venido a echarle un vistazo a Ivana!

Sus exclamaciones eran tan escandalosas que atrajeron a las enfermeras en turno para inspeccionar.

—Srta. Dimas, el Sr. Zavala ha ordenado estrictamente que nadie puede entrar y perturbar el descanso de su señora —respondió el guardaespaldas de forma educada y cortés.

—¡Ustedes!

Yadira pataleó furiosa y al girarse se dio cuenta de la llegada de Nelson.

Sus ojos se iluminaron, e inmediatamente adoptó una cara de aflicción, quejándose:

—Nelson, ¡al fin regresaste!

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