—Anda, ve a cambiarte, lávate la cara y arréglate. No dejes que nadie sospeche de tu nerviosismo.
Yadira se frotó el rostro. Sabía que su madre estaba en lo cierto, así que se dio la vuelta y se apresuró a cambiarse.
Observando a su hija, que al fin había logrado calmarse, Mía cerró los ojos por un instante y luego marcó un número en su teléfono.
—Hola, soy yo. ¿Ya te aprendiste la coartada de memoria? Recuerda decirle a la policía que fuiste tú el que conducía y que te diste a la fuga por culpa del alcohol, pero que tu consciencia no te dejaba en paz, así que decidiste entregarte con la esperanza de que te redujeran la sentencia. En cuanto hagas lo que te ordené, ¡te enviaré el resto del dinero!
Yadira terminó de arreglarse rápidamente y salió.
Antes de salir, Mía le lanzó una última advertencia: —No olvides que no sabes absolutamente nada del tema. ¡Tú solo vas de visita al hospital para ver a una amiga!
***
En el hospital, aquella amenazadora luz roja del quirófano por fin se apagó, pero la tensión en el ambiente no disminuyó ni un poco.
Nelson permanecía de guardia en los pasillos de la sala de cuidados intensivos, con la mirada perdida y el alma destrozada.
Sus ojos estaban inyectados de sangre y no apartaba la vista de la mujer conectada al respirador que se encontraba dentro.
Un médico se le acercó, dirigiéndose a él en un tono sumamente severo: —Señor Zavala, la cirugía de su esposa fue todo un éxito. No obstante, ha perdido demasiada sangre y su cuerpo está severamente lastimado, por lo que es incapaz de respirar por sí sola en este momento. Si sobrevive o no, dependerá de las próximas 24 horas.
Cada una de sus palabras estrujaba el corazón de Nelson.
—Entiendo... ¡Se lo agradezco!
Asintió con rigidez, su voz sonaba áspera y ronca.
Poco tiempo después, unos pasos resonaron a lo lejos.
Eran Yadira y Adán Duque.
Los guardaespaldas de la familia Zavala habían montado un operativo de búsqueda que no pasó desapercibido.
Así que, la noticia de que Ivana estaba en el hospital gravemente herida se difundió con rapidez.
—Nelson, el rostro de mi hermana está tan pálido... ¿Acaso perdió mucha sangre?
Preguntó Yadira, sin dejar de observar a los presentes de reojo.
Nelson cerró los ojos, abrumado por el dolor, y respondió con una voz pesada: —No solo sufrió el accidente, también perdió a nuestro bebé.
Al escuchar aquellas palabras, Yadira sintió que sus tensos nervios al fin lograban relajarse.
El bebé estaba muerto... ¡Era perfecto!
—¿Qué? ¿Ivana estaba embarazada? —La voz de Yadira simulaba lástima y tristeza. Con el ceño fruncido, suspiró y sacudió la cabeza, dirigiendo a Nelson una mirada de reproche.
—Nelson, ¿qué diablos te pasa? ¿Así es como la cuidas? ¡Estaba esperando un bebé! ¿Cómo le permites andar por ahí sola? Además, ¡era su primer hijo! ¡Deberías haber enviado a alguien con ella! ¡Eres un descuidado! De lo contrario, ¡esto nunca habría sucedido!
Su discurso sonaba tan lleno de indignación justificada que parecía estar verdaderamente destrozada por Ivana y por aquel niño no nacido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado