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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 484

Ivana siempre llevaba consigo antiácidos, así que sacó unas pastillas para la digestión y las compartieron.

—Yo también, hace mucho que no comía tan rico —admitió Ivana.

Gilda se enderezó de golpe, con expresión de pánico.

—¡No, no podemos quedarnos aquí sentadas, o toda esta grasa se nos va a ir directo a la panza!

Ivana le dio la razón.

—Entonces vamos a comprar ropa, ¡así caminamos y bajamos la comida! ¡Cuando subimos vi unas colecciones de primavera preciosas!

Hizo una pausa y añadió:

—Pero primero necesito ir al baño.

—Dale, aquí te espero.

Gilda se acomodó en un sillón de masaje que encontró libre y se puso a ver videos en su celular.

Ivana entró al baño. Justo cuando terminaba de lavarse las manos, un dolor punzante y familiar le atravesó el estómago.

—¡Ah!

Se llevó las manos al vientre por instinto, y su frente se cubrió de sudor frío en un instante.

¿Qué le pasaba?

Estaba segura de que había tomado su medicina para la gastritis antes de salir de casa, ¿por qué le daba un ataque de repente?

Y esta vez el dolor era mucho más agudo, como si le estuvieran retorciendo las entrañas con un cuchillo dentado. Le dolía tanto que apenas podía mantenerse en pie.

Sin otra opción, sacó un frasco de analgésicos de su bolso, sacó una pastilla y se la tragó desesperadamente.

Se apoyó contra el lavabo. Pasó un buen rato hasta que el medicamento hizo efecto y el dolor empezó a ceder lentamente.

Ivana se miró en el espejo. Estaba pálida, bañada en sudor frío, y una profunda inquietud se apoderó de ella.

Esta vez no se había equivocado, estaba segurísima de haber tomado su medicina para la gastritis.

¿Cómo era posible que le diera un ataque tan fuerte? Y también la noche anterior...

Miró las pastillas en su mano, sin atreverse a profundizar en esos pensamientos.

—¿Ivana? ¿Ya saliste?

La voz de Gilda sonó desde afuera.

Sin embargo, Ivana no tardó en notar algo extraño.

¿Por qué todas las empleadas llevaban cubrebocas, tapándose casi todo el rostro y dejando solo los ojos a la vista?

Se acercó a Gilda y le murmuró:

—Ya empezó a hacer calor, ¿por qué todas las vendedoras traen cubrebocas?

Gilda, que estaba embelesada revisando un vestido de flores, solo echó un vistazo distraído.

—No tiene nada de raro, seguro es la costumbre de cuando andaba aquel virus, o simplemente les da flojera maquillarse.

Ivana pensó que tenía sentido, así que se olvidó del asunto y empezó a revisar las prendas nuevas.

Pero ninguna de las dos se percató de que, escondida detrás del exhibidor del rincón, había una empleada bastante particular.

No solo llevaba cubrebocas, sino también una gorra con la visera tan baja que le ocultaba casi por completo el rostro.

Se mantenía en el rincón menos iluminado de la tienda, y su mirada, fija a través de los percheros, estaba clavada en Ivana.

En sus ojos no había ni una pizca de la amabilidad típica de una vendedora, sino un odio helado que ponía los pelos de punta.

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