—¡Ivana, por aquí!
El grito alegre y familiar cortó el aire.
Ivana se distrajo por un instante, y esa extraña sensación de ser observada se desvaneció de inmediato.
Sin darle más importancia, siguió la voz y vio a Gilda de pie en la puerta de una cafetería, saludándola con entusiasmo.
Hoy, Gilda llevaba un suéter amarillo claro con una falda corta, y el cabello recogido en una coleta alta.
Con su característica sonrisa radiante, parecía un pequeño sol capaz de iluminarlo todo.
Con solo verla, a cualquiera se le disipaba la oscuridad del corazón.
—¡Gilda!
Ivana aceleró el paso y Gilda la recibió con un abrazo apretado.
Al separarse, la observó de pies a cabeza y frunció el ceño.
—Dios mío, ¿por qué tienes tan mala cara? ¿Ese imbécil de Nelson te volvió a tratar mal?
La sonrisa de Ivana se congeló. No quería amargarse el día mencionando ese nombre.
—No, es solo que últimamente he estado muy cansada.
Gilda le enganchó el brazo y cerró el puño con determinación.
—¡Entonces vamos a ahogar las penas en comida! Primero nos damos un buen banquete y luego nos vamos de compras para bajar la comida. ¡Vámonos!
Durante las siguientes horas, Gilda, rebosante de energía, la arrastró por todos los pisos del centro comercial.
A Gilda le encantaba comer y ya había investigado los mejores lugares antes de llegar. Se dirigieron directo a una pastelería de moda.
—Este postre de mango es nuevo y dicen que está buenísimo, ¡pruébalo! —dijo Gilda, acercándole la cuchara a los labios.
Ivana abrió la boca, saboreó el postre y asintió satisfecha, sintiendo que el dulzor le reconfortaba el corazón.
Después de ese pequeño tentempié, se dejaron guiar por el estómago hasta llegar a un restaurante de parrillada.
Incluso antes de acercarse, el irresistible olor a carne asada y especias invadió sus narices, atrapándolas por completo.
—¡Ay, no, ya se me hizo agua la boca! —Gilda jaló a Ivana hacia el interior—. ¡Llevo media semana a dieta, hoy me voy a atascar!
Mientras comía, no dejaba de servirle más carne a Ivana.
—¡Come, come, que no voy a engordar yo sola!
—¡Oye, qué mala eres!
Ivana soltó una carcajada y le devolvió un trozo de carne a Gilda.
—¡Qué mala amiga! —suspiró Gilda dramáticamente, pero pronto recuperó su entusiasmo—. Oye, la semana pasada tuvimos una prueba de canto. ¡No tienes idea de lo desastrosos que fueron algunos! Hubo un tipo que desafinó tanto que parecía que estaban torturando a un gato. ¡No sé cómo logró entrar! ¡Seguro pagó una fortuna o tiene palancas!
Mientras hablaba, sacó su celular para mostrarle a Ivana el video que había grabado a escondidas.
Ivana se rio tanto que casi se ahoga con la bebida.
—¡Jajaja! ¡Es verdad, no entiendo qué canción intentaba cantar!
Después de darse el gran festín, ambas estaban a punto de reventar, recostadas en sus sillas con el clásico 'mal del puerco'.
Gilda se acarició el estómago redondeado sin importarle perder el glamour, y soltó un pequeño eructo.
—¡Ya no puedo más! Todo lo que bajé en mi dieta se acaba de esfumar con esta parrillada.

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