Nelson estaba a punto de marcharse, pero sus pies se detuvieron en seco al escuchar esas palabras.
Adán se levantó de golpe y lo agarró del brazo. Su rostro, habitualmente amable, estaba lleno de resentimiento.
—¡Nelson, no puedes hacer esto! ¿Acaso no tienes ninguna responsabilidad con ese niño? ¿Sabes que Jaime hoy se negó a que lo inyectaran solo porque quería verte? ¿Qué te cuesta ir a visitarlo un momento?
—¡No me toques! —Nelson se soltó con brusquedad—. ¡Mi esposa está a punto de dejarme por otro, no tengo tiempo ni energía para preocuparme por los demás!
Adán no retrocedió.
—¡Pero fue tu error, y tienes que asumirlo! Si no hubieras sido tan descuidado aquella vez, ¿cómo iba a... cómo iba a quedar embarazada Yadira? ¡Se lo debes!
Nelson, llevado al límite, soltó sin pensar:
—¡Yo le dije desde el principio que abortara! ¡Ella fue la que se empeñó en tenerlo!
Luego, se giró hacia Yadira y le gritó:
—¡Esa fue tu decisión! Nadie te puso un cuchillo en la garganta, nadie te obligó a tenerlo, ¡y mucho menos te rogué que lo hicieras!
El rostro de Yadira palideció como el papel, como si reviviera un recuerdo aterrador.
Adán, furioso, le soltó un puñetazo a Nelson.
—¿Acaso no tienes corazón?
El ruido de la discusión llamó la atención de las mesas cercanas.
Nelson tambaleó, se limpió la sangre de la comisura del labio y finalmente logró calmarse un poco.
Se revolvió el cabello, frustrado. La existencia de ese niño era, de hecho, consecuencia de su imprudencia.
Nelson sintió un nudo en el estómago y desvió la mirada.
—Y luego, le diagnosticaron poliquistosis renal. —La voz de Yadira temblaba—. Eres médico, ¡sabes perfectamente qué tipo de enfermedad es!
—Jaime es tan pequeño, tiene que tomar medicamentos y hacerse chequeos constantes. Al principio le dolía tanto que no podía dormir en las noches y se abrazaba a mi brazo llorando.
—Nelson, ¿por qué crees que volví al país de repente? Ya no podía más, no podía soportarlo sola. ¿No puedes ayudarme? ¡Nos conocemos desde hace años, te lo suplico!
Adán, de pie a un lado, miraba con compasión, pero tuvo que voltear la cara.
Nelson guardó silencio durante tanto tiempo que Yadira pensó que se daría la vuelta y se marcharía.
Por fin, habló.
—Iré a verlo en un rato. Y también te ayudaré a buscar un donante de riñón compatible lo antes posible. No te preocupes.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado