Nelson le pidió un bolígrafo a la enfermera que estaba a su lado, firmó el formulario de consentimiento para la inyección de bloqueo nervioso sin siquiera leerlo, y se lo entregó directamente al médico tratante.
El doctor dejó escapar un suspiro, tomó la jeringa que ya tenía preparada, apuntó al brazo de Nelson y hundió la aguja lentamente en el músculo.
Nelson ni siquiera frunció el ceño. Sintió cómo el líquido penetraba en su cuerpo y, en cuestión de segundos, una sensación de entumecimiento y hormigueo se apoderó de la zona.
En cuanto terminó el procedimiento, se puso de pie de inmediato. Tomó su abrigo y se dio la vuelta para salir, con movimientos tan precisos que no dejaban lugar a la duda.
—¡Nelson!
Yadira alzó la voz. Aunque no formuló una súplica verbal, se interpuso en la puerta, en un último y desesperado intento por detenerlo.
Los pasos del hombre se detuvieron. Cuando volvió a hablar, su tono era tan frío como el hielo.
—Yadira, parece que olvidas que terminamos nuestra relación hace mucho tiempo.
—Reconozco que tengo parte de culpa por la tragedia que sufriste aquel día, pero nuestros problemas sentimentales te los dejé muy claros mucho antes de que se hablara de matrimonio.
—Además, he cumplido con mi parte del trato. No te ha faltado ni un centavo de la compensación económica que acordamos, ¡y he hecho todo lo posible por ayudarte a cuidar de Jaime!
—¡No abuses de mi paciencia!
Yadira apretó los labios y, con voz temblorosa, tanteó el terreno.
—¿Acaso te doy asco porque tuve un hijo?
El ceño de Nelson se frunció aún más. Su última gota de paciencia se había evaporado por completo. Con un movimiento brusco, apartó a la mujer que le bloqueaba el paso.
—¡Eso no tiene nada que ver!
En ese preciso instante, las puertas del ascensor se abrieron. Su asistente, el conductor y sus guardaespaldas salieron, informándole de inmediato que todo estaba listo para partir.
Nelson escuchó los reportes uno por uno, con el rostro desprovisto de emociones. Estaba tan inquietantemente tranquilo como la superficie de un lago inmóvil.
¡Pero todos los presentes podían percibir el fuego furioso que ardía en sus venas!
Yadira giró el rostro por instinto y se limpió las lágrimas de las mejillas.

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