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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 246

Nelson se había acostado temprano al regresar de la casa familiar. Y como si el destino quisiera cobrarle alguna deuda, tuvo una pesadilla espantosa.

En el sueño apareció una persona: ¡su madre, Petrona!

Ella estaba de pie frente a él. La luz del techo proyectaba su sombra haciéndola lucir gigantesca, como una montaña infranqueable.

Llevaba puesta su impecable bata de laboratorio. Sus ojos, afilados como cuchillos, lo miraban con el ceño fruncido y una profunda decepción.

—Te he explicado este problema tres veces, ¿cómo es posible que sigas equivocándote? ¡Tu hermano, a tu edad, ya podía deducir las ecuaciones de Maxwell por sí solo!

Su voz era dura, cortante, desprovista de cualquier calor maternal.

El pequeño Nelson encogió el cuello. Quería decirle que no entendía nada, pero sentía la garganta tapada, como si tuviera un nudo de algodón que no lo dejaba emitir sonido alguno.

—¿Por qué eres tan torpe? No estás prestando atención. ¿Otra vez estás en las nubes?

El tono de su madre llevaba impregnado un fastidio que no intentaba disimular.

—No... —logró balbucear, con la voz ahogada y temblorosa.

—¡Deja de llorar! ¿De qué sirve llorar? ¡Seguro te pasaste el día jugando en casa de tu abuela! —lo regañó Petrona—. Si tuvieras al menos la mitad del talento de tu hermano, no me darías tantos dolores de cabeza. ¿De verdad quieres aprender o no?

Él asintió frenéticamente. ¡Claro que quería aprender!

¡Lo deseaba con toda su alma!

Quería que su madre lo mirara con el mismo orgullo y admiración con el que miraba a su hermano.

Por eso se esforzaba hasta el agotamiento para parecer inteligente, para descifrar esas malditas fórmulas. Pero cuanto más lo intentaba, más se le nublaba la mente.

El lápiz trazaba líneas sin sentido sobre el papel borrador. Ni él mismo sabía qué estaba escribiendo.

Le sudaban tanto las manos que el papel se humedecía, pero seguía aferrado al lápiz, sin atreverse a parar ni siquiera cuando la punta se rompía.

De pronto, las fórmulas de los libros de física parecían cobrar vida, transformándose en una plaga de insectos negros y retorcidos que cubrían todas las hojas.

Se encontró completamente solo. A su alrededor solo había una blancura infinita, como un examen gigante en blanco, y el aire olía a tinta vieja y encierro.

Estaba sentado en una silla demasiado alta. Quería correr, pero sus pies no tocaban el suelo.

Las hojas en blanco comenzaron a retorcerse, envolviendo su pequeño cuerpo poco a poco, hasta arrastrarlo hacia un abismo oscuro.

...

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