Quizás Nelson nunca imaginó que Ivana algún día lo miraría de esa manera.
Aun así, dio un paso adelante, intentando sostenerla.
Pero Ivana prefirió apoyarse en la pared antes que dejar que se acercara.
—Nelson, ¿cuáles son tus intenciones? ¿Insististe en traerme aquí solo para que pudieran humillarme?
Nelson frunció el ceño.
—Eres mi esposa y yo soy tu esposo. ¿A quién más iba a traer a una fiesta como esta?
—¿Esposo? —Ivana soltó una risa burlona—. ¡No lo mereces!
Esas tres últimas palabras parecieron resonar, sumiendo la escena en un silencio absoluto.
Las pupilas de Nelson se contrajeron, como si esas palabras lo hubieran apuñalado. Miró a la mujer frente a él, aturdido, pero al instante siguiente, su mirada se volvió afilada como un cuchillo.
—Ivana, una cosa es discutir, pero decir algo así es pasarse de la raya —metió Yadira, por fin—. Además, esto es un hotel con aguas termales; con el frío, la serpiente seguro se metió por alguna tubería. Ni era venenosa y no te pasó nada. ¿Para qué hacer tanto drama?
Ivana escuchó sus palabras sin molestarse en explicar nada más.
Porque sabía que este hombre siempre se pondría del lado de Yadira, que nunca elegiría creerle a ella. Así fue en su boda hace cuatro años, y nada había cambiado.
Efectivamente, fuera del campo de visión de Nelson, Yadira le dedicó una sonrisa de suficiencia.
Ivana solo quería irse de allí cuanto antes. Ya ajustaría cuentas más tarde.
Pero el hombre detrás de ella la sujetó firmemente por el hombro.
—¿A dónde vas?
Ivana ya no tenía nada que decirle, solo quería que la soltara.
Nelson, sin embargo, le puso su saco encima.
—Será mejor que no te vayas por ahí. ¡Primero cámbiate esa ropa mojada!

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