—¿No te estás asfixiando? Ni siquiera te cambiaste la pijama. ¿No te cansa dormir así?
Ivana solo pudo apretarse más los tapones en los oídos.
Ambos permanecieron así, en una tensión tan densa que parecía que el aire podría congelarse.
Pero al instante siguiente, Ivana soltó un grito ahogado. ¡Nelson la había levantado en brazos!
Abrió los ojos de golpe, su voz ronca pero aguda.
—¡Suéltame!
Nelson sintió como si estuviera sosteniendo a una gata salvaje que acababa de despertar, arañándolo con sus garras.
En un momento, ambos estaban dentro del baño.
Con un clic, la puerta se cerró con seguro.
Nelson le fue quitando la ropa sin darle tregua y la arrinconó contra la tina, decidido a imponerse.
Pero el cuerpo de Ivana permanecía tenso como un arco a punto de disparar, lleno de rechazo hacia él. El agua que salpicaba mojó la ropa que él acababa de ponerse.
—¡Suéltame! ¡Lárgate de aquí!
Ivana intentaba cubrirse mientras lo empujaba con fuerza, con la mirada llena de recelo y furia.
Esa irritación inexplicable volvió a apoderarse de Nelson, y el fuego que ardía en su interior ya no pudo ser contenido.
Al ver que la mujer no dejaba de resistirse, decidió quitarse la ropa también y meterse con ella en la tina.
Después, todo se volvió un torbellino del que a Ivana le costó salir.
La luz del baño era intensa, iluminando con toda claridad lo que estaban haciendo.
Ivana estaba abrumada por la vergüenza y la ira. Intentó agarrarse del borde de la tina para salir, pero estaba demasiado resbaladizo.
—Nelson… Mmm…
Sus besos eran asfixiantes, y sus manos recorrían su cintura con una habilidad experta.
Entre las ondas del agua, la temperatura de sus cuerpos no dejaba de aumentar.
Con tanto movimiento, la mayor parte del agua se derramó fuera de la tina, así que Nelson abrió la regadera.

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