…
Nelson había ido a visitar a Mariana. Cuando llegó, encontró a Ivana llorando afuera de la habitación.
Lloraba en silencio, como si hasta el dolor pidiera permiso; las lágrimas se le iban una tras otra, sin que pudiera detenerlas.
—Tranquila, tu mamá se recuperará pronto.
Ivana se giró lentamente y vio a Nelson, que había llegado sin que ella se diera cuenta.
Llevaba una bata blanca de médico. La marca del cubrebocas se notaba ligeramente en su mandíbula y su frente estaba perlada de sudor. Seguramente acababa de salir de una cirugía; a pesar del cansancio, su porte seguía siendo elegante e imponente.
En ese momento, fruncía el ceño mientras su mirada recorría el rostro de Ivana.
Ivana no quiso dar explicaciones. Bajó la cabeza y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
Había ciertas emociones que ya estaba acostumbrada a tragarse en soledad.
Para su sorpresa, ¡Yadira también había venido!
Al ver que la mirada de Ivana se afilaba al instante, Yadira adoptó una expresión de profundo arrepentimiento. Se acercó a ella con sumisión e inclinó la cabeza.
—¡Lo siento mucho! La última vez provoqué que tu mamá se pusiera mal y no me había disculpado. Por eso vine a ver cómo estaba. Pero no te preocupes, te juro que no dejaré que me vea. Por favor, Ivana, ¿me perdonas?
Su actitud exagerada y artificial provocaba escalofríos.
Pero, para los ojos de ciertas personas, ¡parecía el colmo de la sinceridad!
Nelson frunció ligeramente el ceño.
—Ivana, Yadira no lo hizo a propósito la última vez. No seas tan rencorosa.
Ivana permaneció en silencio durante un largo rato antes de darse la vuelta con rigidez, sin ofrecer respuesta alguna.
Yadira pareció sentirse incómoda y le susurró a Nelson:
—Creo que mejor me voy.
Pero Nelson la detuvo, con un aire de disculpa, dispuesto a convencer a Ivana.
Sin embargo, al voltear, descubrió que Ivana ya se había ido, aparentemente en dirección a las escaleras.

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