—Nelson… —Ivana terminó por ceder; la voz le salió rota—. El cirujano de mi mamá no ha llegado. ¿Podrías hacer algo para conseguir otro médico lo antes posible?
Una leve sonrisa fría apareció en los labios de Nelson.
—¿Ah, sí? ¿Ahora sí te acuerdas de mí? ¿No estabas muy digna antes, diciendo que no necesitabas mi ayuda?
—Qué mala suerte. Justo ahora estoy muy ocupado con el divorcio. De todos modos, la enfermedad de tu mamá no la va a matar. Que espere un poco más.
La imagen de los ojos hinchados de su madre apareció en la mente de Ivana; seguramente sus riñones estaban fallando de nuevo.
—Mi mamá ya es mayor, esto es una tortura para ella. ¿Podrías… podrías ayudarme?
Nunca en su vida se había humillado de esa manera. El orgullo y la fortaleza que con tanto esfuerzo había construido en los últimos días se derrumbaron por completo en ese instante.
Nelson finalmente levantó la vista hacia ella. Aquellos ojos que una vez estuvieron llenos de ternura ahora solo reflejaban frialdad.
—Los contactos que yo tengo no tienen nada que ver contigo —dijo con calma—. Estás a punto de divorciarte de mí, ¿qué derecho tienes a exigirme algo?
Ivana contuvo un sollozo, abrió la boca, pero no pudo emitir ningún sonido.
Nunca imaginó que Nelson la atacaría en un momento en que la salud de su madre empeoraba, justo cuando ya había tomado la decisión de demandar el divorcio.
¿Acaso el destino se estaba burlando de ella?
—Si vas a pedir un favor, tienes que saber cómo pedirlo —dijo Nelson de repente, su voz grave y cargada de una intensa presión—. Ivana, últimamente, ¿no te has estado creyendo mucho?
Ivana se estremeció, como si le hubieran arrojado un balde de agua helada.
Miró al hombre que tenía enfrente, el rostro con el que había pensado pasar el resto de su vida, ahora deformado por una expresión que le partía el corazón. Las lágrimas comenzaron a resbalar silenciosamente por sus mejillas.
Se levantó y se acercó a Nelson.

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