Hasta ahora, la tía mayor no dejaba de culparse a sí misma. Se preguntaba cómo fue que terminó criando a su propio hijo para que se convirtiera en alguien como Luis.
Pero la verdad era que la tía mayor estaba criando al hijo de alguien más.
Patricio sintió que las piernas le flaqueaban y tragó saliva, incrédulo.
—¿Tú… tú cómo supiste? Nadie sabe de esto más que nosotros.
Eso había sido algo que él mismo había planeado y ejecutado, sin involucrar a nadie más. Así que, aparte de los cuatro miembros de su familia, nadie más debía saberlo.
¿Entonces, cómo era posible que Melisa supiera?
¿Quién o qué clase de monstruo era realmente Melisa?
A Melisa no le interesaba perder el tiempo explicándole. Con voz calmada y sin una pizca de emoción, soltó:
—Disfruta lo que te queda de vida. No te preocupes, Belinda pronto irá a hacerles compañía.
Apenas terminó de hablar, Everardo lo tomó del brazo y lo sacó arrastrando.
Elena, que estaba a un costado, se quedó paralizada.
Ella no tenía idea de las cosas que Patricio había hecho. Y tampoco quería saberlas. Lo que la dejó en shock fue ver lo lejos que Melisa podía llegar, lo implacable de sus métodos.
La familia Sandoval tenía cierto prestigio en Alcázar de Plata, pero a Melisa no le tembló la mano para mandar a secuestrar a alguien y llevarlo a un club nocturno. ¿Acaso no le preocupaba que la familia Sandoval se vengara?
Lo que Elena no sabía era que, justo en ese momento, en Alcázar de Plata, la familia Sandoval estaba anunciando su bancarrota.
Pilar también se quedó sin palabras del asombro.
Aunque ya había visto de lo que Melisa era capaz, esta vez fue distinto. A diferencia de la vez pasada, sentía que Melisa se había superado a sí misma.
Ella pensaba que el peor destino para los Sandoval y para Elena sería terminar en la cárcel.
Nunca se imaginó que había cosas peores que la prisión.
Eso sí era aterrador.
No, ni siquiera la muerte se comparaba con lo que estaban viviendo ahora.
Padre e hijo Sandoval fueron arrastrados afuera por Everardo, quien se los entregó a sus hombres, y luego regresó a la sala. Aún quedaban asuntos pendientes.
Melisa echó un vistazo al señor Muñoz, que yacía tirado en el piso junto con los demás guardaespaldas. Su expresión permaneció inmutable.
—Estos inútiles, investiguen bien su pasado. Si alguno tiene muertes en su historial, contacten a las víctimas y dejen que las autoridades se encarguen. Si alguien prefiere no recurrir a la ley, mándenlo al criadero de perros.
Everardo asintió y se apresuró a limpiar la escena.
Cuando Everardo se fue, Javier ya había terminado su pintura.
Guardó el pincel, satisfecho con su obra.

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