Melisa miró a Bruno con una intensidad que casi podía cortarse en el aire. Sus ojos oscuros parecían escudriñar hasta el fondo de su alma, como si buscara una verdad que él aún no estaba dispuesto a admitir.
Pasó un largo rato antes de que Melisa abriera la boca. —¿De verdad no hay nadie?
Bruno sintió un escalofrío recorrerle la espalda sin razón aparente. —¿Qué quieres decir con eso? ¿Acaso alguien en la familia Orozco estudió medicina?
Melisa curvó los labios en una media sonrisa, con cierto dejo de burla. —Si no me falla la memoria, tu querida hermana Florencia estudió medicina, ¿no? Da la impresión de que no la quieres tanto, porque hasta olvidaste a qué se dedica.
Bruno se quedó helado, incapaz de disimular la incomodidad. Volteó hacia Florencia, quien apretaba los labios con tanta fuerza que parecía estar a punto de romper en llanto.
Con la mirada encendida de incertidumbre, Bruno intentó justificarse. —No es para tanto, Florencia. Solo se me pasó por la cabeza. No tienes por qué tomártelo a mal.
En su momento, Bruno sí había consentido mucho a Florencia. Pero eso solo fue porque ella le representaba una ventaja. Ahora, después de todo lo que había pasado, especialmente lo ocurrido con la familia Becerra, se había dado cuenta de que, por más atenciones que le diera a Florencia, ella y su madre siempre verían primero por los Becerra. Si las cosas estaban así, ya no tenía sentido seguir considerando a Florencia como una pieza útil. Sin embargo, por ahora, aún necesitaba su cooperación, así que no podía romper la relación tan pronto.
—Lo sé, hermano, no tienes que darme explicaciones —respondió Florencia con una sonrisa forzada, tan endeble que parecía a punto de desmoronarse.
A Bruno siempre le fastidiaba ver a Florencia con esa cara de víctima, como si fuera a llorar en cualquier momento. Apartó la vista con desdén y se dirigió a Melisa:
—Tú y Florencia nunca se llevaron bien. Aunque ella haya estudiado medicina, ¿de verdad le confiarías la receta y permitirías que participara en la elaboración de los medicamentos?
Sin darle tiempo a Melisa de responder, Bruno reviró:
—Obvio que no. Así que, en esencia, nadie en casa sabe de medicina. Eso significa que estás jugando con la receta que dejó el abuelo.
Melisa sonrió de lado, los ojos le brillaban con una chispa de malicia. —Tienes razón en eso.


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